Notas sobre Capitalismo gore (2010) de Sayak Valencia

Capitalismo gore (2010) de Sayak Valencia presenta, quizá, una de las versiones más llamativas para leer el capitalismo contemporáneo. Recuperando una vasta serie de conceptos y propuestas teóricas de América Latina y otras latitudes, el libro propone “el término capitalismo gore, para hacer referencia a la reinterpretación dada a la economía hegemónica y global en los espacios (geográficamente fronterizos)” (15). Esto quiere decir, que las propuestas teóricas del “capitalismo gore” surgen a partir de un conocimiento situacional, pero no excluyente: las consecuencias y argumentos se piensan desde Tijuana, México, pero esto no quita que se puedan tender puentes con otras situaciones o lugares. Sujeto endriago, necroempoderamiento, capitalismo snuff, subjetividades queer, necromercado y varios conceptos más son presentados en el libro como herramientas para entender eso que Valencia llama capitalismo gore. 

Este concepto propone, entonces, leer el capitalismo como una serie de procesos con mutaciones. Por ejemplo, decir que conforme pasa el tiempo el capitalismo cambia y requiere ser reinterpretado y entendido para comprender precisamente los mecanismos de dominación y explotación mediante los cuales somete a las diferentes multitudes que fluyen en la historia. Si bien, salvo en notas al pie y unas secciones del libro, no se enfatiza en qué medida los grandes cambios de finales de siglo XX e inicios del XXI son también una regresión a las peores y más cruentas formas de acumulación capitalista tal como sucedió en los años del inicio de la modernidad (finales del siglo XIV). Es decir, Valencia, parece, propone que el capitalismo gore es una categoría novísima, nunca vista. El término se define como una exageración, por éste se entiende el “derramamiento de sangre explícito e injustificado (como precio a pagar por el tercer mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo cada vez más exigentes) … todo como herramienta de necroempoderamiento” (15). Capitalismo gore, entonces, es una suerte de alargada teoría de la dependencia. En otras palabras, si hay “un precio” que los países tercermundistas se aferran en pagar, entonces, hay una dependencia tal cual esto se entendía en los setenta y ochenta en Latinoamérica, así como en otras partes. El libro, igualmente, toca tangencialmente las razones por las cuales los países tercermundistas se aferran a ese excesivo pago. Sin embargo, nunca se formula el problema preciso que pudiera articular esa necesidad de aferrarse al pago capitalista. 

El binomio entre regresión y novedad, que se ilustran de forma muy adecuada entre el término que motiva el libro, capitalismo gore, y el de uno de los principales conceptos propuestos, sujeto endriago, proponen una manera interesante de leer el desastre causado por el narcotráfico, la violencia extrema y los malos gobiernos en México. Así, entre lo gore, (un término tomado del cine que designa un género en el que la violencia es regocijante y, sobre todo, se explicita excesivamente el derramamiento de sangre), y lo endriago (un monstruo, según la obra, original del Amadís de Gaula, en el que se mezcla la forma humana con la de diversas fieras) se describe un capitalismo hiperviolento, exagerado, arcaico y a la vez novedoso. El asunto es que esta forma de describir el capitalismo no es, en cierta medida, novedosa. Ya sea porque el modo de producción y acumulación capitalista siempre evoca previos modos de dominación y explotación a la vez ofrece nuevos, Capitalismo gore sugeriría que la fase más reciente del capitalismo no es sino un retruécano de sí mismo, “otra vez vivimos en un mundo de bandidos y piratas” (20), menciona el libro. Por otra parte, es bastante sugerente el uso que la palabra “gore” y “endriago” juegan en el libro. Si bien, estos dos sintagmas evocan el inacabable retruécano del capitalismo, también, como advierte Valencia, lo gore vuelve comodificable y espectacular la forma de acumulación y producción capitalista (16). Lo endriago, por su parte, conforma una subjetividad que “sigue a pie de juntillas los dictados más radicales del mercado” (80). Entre un espectáculo de afectos ambivalentes (gore), que, como en el cine está hecho para ser un mero entretenimiento que va de la repulsión a la risa (muchas películas del género gore son también consideradas parodias), y lo endriago, una monstruo cuya única función radica en probar la valía de un “héroe” (el estado), la forma de dominación capitalista que Valencia sugiere busca la anestesia al mismo tiempo que la reactivación explosiva de la violencia. Es decir, capitalismo gore sería una forma de producción que extrae valor y domina a partir de la rápida transformación de lo anestesiado (gore) en violentamente activo (endriago).

Para dejar atrás esto, Valencia propone una solución. Casi reelaborando la disputa entre multitud e imperio, elaborada por Michael Hardt y Toni Negri en Imperio, Valencia propone que para pensar algo que contrarreste lo gore y a los sujetos endriagos se debe pensar “una disidencia efectiva y no distópica y ésta debe estar emparentada con las cuestiones de desobediencias de género y con el transfeminismo; debe crear también alternativas comunes en las cuales pueda participar activamente la sociedad civil” (193). Esta solución es un “plano orientativo” (1994), que no busca ser prescriptivo, sino abierto. Si bien, no se explica a detalle cómo este remedio para contrarrestar los males del capitalismo gore deja de ser parte de las mismas opciones que el sistema da, es decir, que la diferencia entre endriago (como quimera) e identidades desobedientes emparentadas al transfeminismo no es clara. Más aún, si el capitalismo gore tiene un precio que se debe pagar para poder formar parte del modo de producción, ¿qué precio se deberá pagar para pensar esas disidencias que se sugieren al final de Capitalismo gore? ¿No será que se debería de pensar a contrapelo de una de las conclusiones y provocaciones más sugerentes del libro? Al finalizar el texto, a manera de testimonio y reflexión teórica, Valencia describe el momento en que un cadáver cayó frente a sus ojos mientras conducía por Tijuana. La terrible impresión se anuncia como lo peor del capitalismo gore, pues ésta no conmueve la sensibilidad de nadie, salvo la de la narradora. Hay que hacer algo al respecto de ese cadáver, dice Valencia. Y no es para menos, la desempeorada y anestesiada reacción de su acompañante es triste, grave y común. Todos nos hemos acostumbrado al espectáculo gore, descrito por Valencia. Sin embargo, mientras Capitalismo gore concluye que hay que hacer algo con esos muertos “porque si no eso hará algo [contigo]” (203), como si el cadáver se cobrara una revancha con los vivos, quizá habría que dejar hacer al cadáver y completamente dejarle que nos intervenga, que de nuevo nos afecte por sí, pues el cadáver no deja de ser cuerpo. 

Notes on The Birth of Biopolitics. Lectures of the Collège de France 1978-79. Michel Foucault, trans. Graham Burchen

Michel Foucault’s seminar of 1978-1979 at The Collège de France explores what “biopolitics” could be. Biopolitics is what explains why governmentality and governance are frugal at the end of XX century. What is at the core of the frugality of governmentality is population, and to understand this Foucault proposes to reconstruct the praxis of the English liberals, the German ordoliberals, and the American Neo-liberals. It is, afterall, that the XVIII century, present in other works of Foucault, was when many of what he calls “transaction realities” were born. To that extent, biopolitics is, like madness, civil society, literature, sexuality, and other notions explored by Foucault elsewhere, contingent technology. Such technologies “have not always existed [and] are nonetheless real, are born precisely from the interplay of relations of power which constantly eludes them, at the interface, so to speak, of governors and governed” (297). The problem, however, is that at the end of the last lecture, Foucault does not conclude with the announcement of biopolitics, but of, simply, politics. 

The disparity between what the seminar wishes to address, and what was addressed perhaps is not a minor detail. That is, the difference between politics and biopolitics is blurry. The concluding lines of the last lecture asks and concludes, “what is politics in the end, if not both the interplay of these different arts of government with their different reference points and the debate to which the different arts of government give rise? It seems to me that it is here that politics is born” (313). Politics, or biopolitics, then, is born when there are several arts of government at game, where there are different reference points. For an interplay to be the way various things affect each other, then, biopolitics is the terrain of affects, of the possibilities of what happens when two bodies interact with each other. While Foucault focuses on the XVIII and XIX centuries, one wonders if what is said about the civil society, that foundation of governmentality and government, could also apply to all forms of social organization. If civil society serving as the medium of economic bond “brings individuals together through the spontaneous converge of interests, [while] it is also a principle of dissociation at the same time” (302), and by extension, individuals do not get together by economic interests only, nor because they are naturally inclined to be together, then, individuals get together by a “de facto bond which links different concrete individuals to each other” (304). Civil society, and by extension biopolitics, is a tool of and for domination. The radical question that Foucault invites us to ask is if it could be possible to rethink domination, or if domination should be considered as something to overcome of the field of social organization. 

While the lectures do not address the problem of cohesion or domination, it is clear that all the reflections on what the market, or the individuals do are part of the supplement of power, of domination. That is, power only exists precisely because it cannot do certain things: it cannot dominate the market and cannot dominate the individuals fully. It happens then, that the homo oeconomicus, for instance, “strips the sovereign of power inasmuch as he reveals an essential, fundamental, and major incapacity of the sovereign, that is to say, an inability to master the totality of the economic field” (292). Inability moves power. And things stay, somehow, as the quote Foucault mentions in the first lecture, “do not disturb what is at rest.” In the other hand, things have never been, it seems, at rest. If politics have always been biopolitics, then, biopolitics is born every time something moves the habitual arrangement of that which seems at rest.  

Notes on The Power at the End of the Economy (2015) Brian Massumi

Freedom of choice is not new for neoliberalism but, as Brian Massumi argues in The Power at the End of the Economy (2015), it is its main feature. It is its “magic touch guided by the principle of competition” (1). The idea of the Market, at least for modernity, is tied to the way freedom of choice has been developed as a mechanism connected to the way we rationalize our everyday lives. We choose our future, as much as we choose our present and past. What matters is that our decision stands as a solid bridge that brings together what we desire and what we want. The problem with all this, as Massumi argues, is that every rationalized decision is haunted by affect. The market, or markets, these days is (are) rational only in appearance. Today, markets “react more like mood rings than self-steering wheels, the affective factor becomes increasingly impossible to factor out” (2). This means that as late Michel Foucault argued the invisible hand of the market seems to be connecting the world in a “spontaneous synthesis,” therefore “the positive synthesis of market conditions occurs immanently to the economic field” (3). The end of the Economy, for Massumi, is when “what is most intensely individual is at the same time most wide-rangingly social” (4) and at the same time, when the invisible hand seems to be suffering from a “degenerative motor disease” (5). Power, at least in its state form, is less than a invisible hand these days, but also more than a phantasmatic prothesis. Power is working in the “infra-individual” and every infra-level of action strikes strongly at a macro level. 

The panorama that Massumi describes for power after the end of economy, that is, once there is not outside of capitalism, is closer to the way the weather behaves. The individual, then, as part of the landscape is like a mountain, or any other geographical accident that both increases or reduces the strength of the weather. The power of the individual, however, is not dictated by its rational ability of choosing, it is determined by its “nonconsciousness” since this “becomes the key economic actor” (17). From that we have not only a disempowered individual but a radical change in the individual. Autonomy stops being a feature of the individual and “what is now autonomous is its decision” (19). We like doing things that are done by something through and with us. The personal vanishes and we are in an infra-desert of experience. This brave new world focus on “self-interest” which consist in making and keeping tight a “strict equation between life satisfaction and rational calculus of choice” (23). By no means this should comfort us. Our current state is merely a state that persist in self-satisfaction or its extended deferral at all levels: pleasure, pain, gain, success, sadness, depression, death, rush and so on. We have, as neoliberalist homo oeconomicus “a system in which [we] owe the positive nature of [our] calculation precisely to what eludes [our] calculation” (36). We can calculate all that par excellence eludes calculus; we can measure all that is unmeasurable. And, of course, the problem is that these operations would never end well. 

Rationality created its traps and captured affect. One is free to choose its deferral of death. While all of this seems extremely pessimistic, for Massumi, it also means that different ways of struggle are liberated. Perhaps, in a same formula as the one evoked by Michael Hardt and Antonio Negri in Empire (2000), The Power at the End of the Economy suggests that what is at stake is abandon decision and supplant its rational features by an affective sympathy. That is, before placing reason at the top of our priorities, affect should dismantle hierarchies and recreating old paradigms. If capitalism has persisted for so long it is, for Massumi, because it has focused, wrongly, the importance of things in their quantity and quantification and not in its qualities and its qualifications. Life always will create, via events, a surplus. “Capitalism is the process of converting qualitative surplus value of life into quantifiable surplus value” (77), what is at stake with this is that there must be a way to stop converting the surplus value of life, manifested in experience, into quantifiable things, into a calculus that blindly gives answers. While Massumi offers a possible solution in a tone closer to Empire (as mentioned before), it is not clear enough how affect, or ontopower, would simply infect all common heroes —the anonymous masses that for Massumi have all the potential and imagination to make a change in the world— it is for sure important keep in mind that there is a difference between the qualitative surplus value of life and the quantitative capitalist surplus value. The first one is always a remainder, an excess, an uncountable, the second one is merely a false calculation, a persuasive trap. At the same time, if there is no economy, once affect became immanent, how would we learn of to differentiate again between surplus values without choosing? 

Notes on Crack Capitalism (2010) by John Holloway

Crack Capitalism (2010), in a way, completes most of the reflections John Holloway started in Change the World Without Taking Power. While the first volume worries the most about the description of doing, a constituent force captured by labour that generates our common sense and our normal way of being into the world of capitalism. The second volume offers 32 thesis about the ways we, ourselves, build but also crack the system that oppresses us, how we are screaming and creating cracks in the system, how doing cannot be fully appropriate by labour. In another, perhaps, less obvios reading, the 32 thesis are, somehow, 32 steps into sobriety, into a life free of capitalism, but, would that addiction be easy to resolve?

As much as Crack Capitalism offers an inspiring and optimistic way of understanding doing, as something inherent to the way human beings do things for the sake of doing them, because we like doing things, perhaps today one should hesitate to accept Holloway’s optimism. The hesitation is understandable, as Holloway hesitates himself, about considering that with our cracks we are but realigning our struggle back to the terms that provoke the struggle in the first place. That is, Holloway asks, “how do we avoid our cracks becoming simply a means for resolving the tensions or contradictions of capitalism, just an element of crisis resolution for the system?” (53). Today we probably saw the worst of this predicament. We have seen how contemporary struggles, contemporary cracks, have been turned into solutions for capitalism’s crisis. We have witnessed a pretended liberation of “labour” through a massification of part-time online platform jobs (I.e. uber, ubereats, etc); a liberation of sexuality and imagination through streaming services that reterritorialize sexual and imaginary expression, among many. If a crack is “the perfectly ordinary creation of a space or moment in which we assert a different type of doing” (21), why is it that most of these different types of doing are still feeding and serving the tyrant, why is it that we are still weaving our self-oppression and self-destruction? Why is it, that perhaps, more than ever, we are unable to resolve Etienne de la Boétie’s riddle, why are we fighting for our oppression and voluntary servitude? This is the starting point for Holloway, and, to a certain extent, the place where his argument finishes too. Why is it that we are running in circles when trying to solve La Boétie’s riddle? 

There might be hesitation when reading Holloway, but for sure, even in the worst scenario, one should acknowledge that more than resolving things a crack is the proposition of question. A crack asks. To that extend, the territorialization and domination of spare time by social media, for example, is a two-edged sword, a delicate terrain where an always unprepared “wake up to other possibilities” (32) haunt the way doing is constantly fighting against the domination, the abstraction of labour. Wasn’t this what happened with Donald Trump and the tiktokers? But also, wasn’t this what gave the place for the affect of the masses that entered the US Capitol early this year? A crack is an ambivalent movement, a touch yet not a touch. From cracks we just know that they break a surface and that they desperately seek for the lines of other cracks. In that sense, while the right seeks to cover the rifts of the struggle of doing, the left should should find where one crack begins and where another ends, where the “lines of continuity that are often so submerged” (35) that are about to touch themselves, but they don’t. To understand the crack is to understand that certain struggles need only to keep pushing until their cracks touch other’s crack’s rifts. To explain how these lines work, how the rifts and cracks communicate, Holloway elaborates a strict distinction between labour and doing, alienated labour and conscious life-activity, and abstract time and concrete time of life. 

All these dichotomies coincide in the understanding of the concrete doing as a “flow of life” (111). This flow is something that is always moving beyond and going through the rigid and oppressive shape of power, of labour. While capitalism wants labourers, “mutilated personification[s] of abstract labour” (122), the other world possible struggles for the dignity, the fragility and sacredness of everything that beats, of everything that lives. Doing, the flow of life, is the struggle of existence against its own conditions and possibilities of existence. That is, doing wants to desperately stop serving the tyrant, capitalism, without being able to completely abandon and refusing most of the tyrant’s structures, means, things. Doing is the praxis of knowing that we build our own tragedy, and our only way out is to “attack [and crack] time itself” (166). Only when time is broken, cracked, it will come to surface how the masks that capitalism via abstraction has given us, are but an empty container that oppresses the “shadowy figure (or figures) behind the character mask” (217). Once it all cracks there will not be, perhaps, distinctions, differences or the necessity to differentiate the multiplicity of ways of being that there is. Once it all cracks it will become obvious that radicalness starts by refusing, by a refusal of keep creating the weave that oppresses us and sustain us. Once it all cracks to what would we hang our anxiety to? How would we recover from that overdose of capitalism? 

Las cosas que revientan. Notas sobre La diáspora (1989/2018) de Horacio Castellanos Moya

De cierta manera, La diáspora (1989/2018), de Horacio Castellanos Moya, es una novela fragmentada, o mejor que elude cierta forma. Esto, tal vez, venga ya sugerido por la idea que “la diáspora” evoca. Con esto, claro, no sólo se evoca a los grupos desplazados y hechos emigrar a la fuerza, sino también a las esporas: cuerpos que eluden la forma que se dispersan para adquirir por sí mismos novedad y permanencia. La diáspora no es sólo, entonces, la fuga de los expulsados, sino también la línea de fuga de aquello que permanece informe. Las cuatro partes que forman la novela se centran en formas específicas de narrar y también en perspectivas diferentes sobre el conflicto armado en Centroamérica, en especial en El Salvador. En cierto sentido, las historias de Juan Carlos, Quique, los periodistas de la tercera parte y el Turco son todas narraciones que intentarían responder a la pregunta que le hace Rita en las oficinas de la ACNUR (la agencia de solidaridad internacional que gestiona la migración de refugiados políticos) a Juan Carlos: “¿Y por qué tronaste?” (28). Así, cada personaje tronó, como tronó la guerrilla en el Salvador, como tronaron las crisis económicas en los ochenta en todo el mundo. 

Después de tronar, reventar cada parte del relato es, así, una “novella”: textos que se preguntan ¿cómo es que las cosas llegaron a ser lo que son?, ¿cómo llegamos aquí? Para Juan Carlos, por ejemplo, luego de la muerte de los líderes del partido en el Salvador, “algo se había roto dentro de [él]. Ya no se trataba únicamente —como él sostendría más tarde— de que en el Partido se había generado una situación de desconfianza intolerable” (108). El hecho es que por más que cada parte de La diáspora ofrezca posibles respuestas para señalar qué sucede luego de que las cosas “truenan”, no hay una única narrativa para describir las líneas de fuga que sigue cada fragmento luego del “truene”. Para Juan Carlos la vida estaba por convertirse en la búsqueda de seguridad, “una manera de pasar vegetando” (36), una manera de diferir su muerte. Por su parte, para Quique luego de que reviente la guerrilla para él, todo lo que vendría después sería “un nuevo aprendizaje, de interiorizar las mañas de la ciudad” (81) y también del trabajo. Para los periodistas, el reventar de las cosas es la oportunidad de dar una nueva verdad y contar el “Crimen y suicidio en El Salvador. Intimidades de una pugna revolucionaria” (119) a cambio de fama. Finalmente, para el Turco, todo revienta, una vez más, luego de que en su trabajo ya no le fíen bebida. El Turco experimenta el terror de “las escalofriantes consecuencias de que los contadores se estén apoderando del mundo” (131). Precisamente, este terror de contar, en sus dos acepciones, es de lo que rehuiría La diáspora. En otras palabras, Castellanos Moya pone en juego la imposibilidad de poder contarlo todo.

A su vez, la novela también sugiere que las partes que la forman, excepto la de Quique, son una lucha contra o por la sobriedad. Juan Carlos, temeroso de perder su oportunidad de fugarse, rehúye las drogas y los excesos; los periodistas administran una sobriedad economizada, beben cuando están de vacaciones para no dejarse intoxicar por el clamor de las luchas que “reportan”; y el Turco bebe como desesperado, siempre aplazando las cuentas que se le puedan hacer, siempre aplazando la sobriedad. La sobriedad y la ebriedad van de la mano del cinismo. Es decir, el texto “dosifica” el cinismo que cada línea de segmentarización (las historias de Juan Carlos, los periodistas y la de Turco) puede soportar. Por otra parte, hay algo que persiste en la juventud, o en la militancia de Quique, o el hermano del Turco y el Bebo: algo se le escapa al cinismo. En estos personajes “parecía como si la crisis hubiera pasado a su lado, sin tocarlo[s], como algo que nada tenía que ver con [ellos]” (93). En Quique y el Bebo persiste un impulso de vida, o de existencia. O más bien, en ellos persiste tiempo amorfo, que no ha llegado aún. Ese tiempo, por supuesto, significa que también Quique y el Bebo reventarán, pero que eso no le tocará a la diáspora decirlo, ni saberlo, sino, tal vez, a la diáspora sólo le toque mantener la contrariedad de tener en mente que todo saldrá mal y aún así apostar por lo opuesto. 

La adición, la serie y la suspensión de la acumulación. Notas sobre La cadena del desánimo (2013) de Pablo Karchadjian

El libro La cadena del desánimo (2013), de Pablo Karchadjian, invitaría a leerlo a la manera en que se leen los sueños. Esto es, como dice una nota que antecede la sección principal del libro, si “el contenido del sueño está armado de restos de la vida diurna y el sueño mismo podría ser un epifenómeno del trabajo nocturno del cerebro organizando lo vivido” (7), entonces las cerca de 150 páginas que uno lee de La cadena del desánimo no sólo serían recortes o restos agrupados de la lectura de Karchadjian entre el lunes 12 de marzo y el jueves 6 de diciembre de 2012 de las primeras páginas de los diaros La Nación, Clarín, Página/12 Perfil, ni tampoco un mero epifenómeno de lectura, sino que serían “el trabajo nocturno de la escritura organizando lo social”. No obstante, el libro sólo tiene un orden: el que se anuncia que sigue la lectura de Karchadjian, del 12 de marzo al 6 de diciembre de 2012. 

No se trata, entonces, de que para poder “comprender” La cadena del desánimo uno tenga que saber todo, de antemano, todo lo que sucedió entre los días que se recuperan en el libro. Ni tampoco se trata de que uno siga como sabueso las referencias que se mencionan en la nota ya mencionada. De hecho, Karchadjian lo deja claro, su libro, en contraste con los álgidos momentos del 2012 en Argentina (como en otras partes), “no está hecho para convencer a nadie de nada” (7). Un libro que hable de nada, casi el sueño de Flaubert. No obstante, se nos dice igual que tal vez el libro, de una u otra manera, “podría resultar útil” (7). No hay significados ocultos en el libro, todo ocurre luego de que un lector recolectara notas y simplemente las copiara en un orden “en general […] de recolección, y el nivel de composición es mínimo” (7). Todo se lee una vez más, pero también todo se lee fuera del tabloide, leemos ahora sabiendo que alguien dijo la cita escrita que otras manos leyeron y luego copiaron. 

Si en realidad no hay nada que leer o interpretar sobre los sueños, tampoco habría gastar mucho tiempo interpretando La cadena. Lo único, entonces, que habría que hacer es seguir la serie, el propio encadenamiento y los eslabones de cada parte de la prosa del libro. Sin embargo, de una u otra manera, cada recorte pareciera estar asociado con la propia razón de escritura que ordena el libro “‘Es un sistema caótico, pero no totalmente caótico’, dijo Celeste Saulo, Doctora en Ciencias de la Atmosfera e investigadora del Conicet” (24). El orden de esa escritura no es eso que diría que “ ‘Gran parte de nuestras conductas están conducidas por procesos cerebrales que operan por debajo de nuestra conciencia’ dijo Gemma Calvert, neurocientífica de la Universidad de Warwick” (76), sino que la escritura de La cadena del desánimo se escribe desde un lugar infra, pues escribir, antes que leer, es poner las cosas abajo (“to write down”), de la mano al papel, de los dedos al teclado; y en el papel, o en la pantalla, lo que mueve la conciencia no es sino unos dedos que teclean, unas manos que escriben: que lo infra son los afectos de los dedos, los hábitos de las manos. Lo que está en juego en el libro de Karchadjian es la sucesión, la serie, la cuenta (que no contabiliza) pero adiciona fragmentos que a veces suspenden una acumulación incesante de gestos que afirman que “ ‘Queríamos una prueba de amor, y no la hubo”, dijo un barrio nuevista de la primera hora” (153). Y es que del neoliberalismo, tema tocado muchas veces en el libro, no nos queda sino una acumulación desempoderada de las cosas, tal vez todo siempre fue así antes, pero si el gesto de amor precedía la acumulación, entonces las suspensiones en ésta son más latidos que paros. De esos latidos, lo que queda es su adición, su serie y su paso (tiempo), como de los signos y los trazos, de las palabras y de las cosas.

Notes about Accumulation(s) I

The following notes are merely a series of thoughts without any particular order but that later (hopefully) could be part of my dissertation project (a very [till today] basic and naive ideas about accumulation as a general movement of history and specially modernity)

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Accumulation(s) I

In a way, our times could be described as a series of seriated and seriating accumulations. This, of course, not only testifies for capitalism’s endeavour but also for the way the climate catastrophe has heaped in the horizon of history as our further extinction. Yet, to accumulate does not necessarily means to horde valuable items neither to just let catastrophes pile in the horizon of the coming future. In fact, accumulations are closer to disorganized heaps, piles or bodies amassed (and therefore, somewhat to a weird idea of ecology, meaning that even the smallest tossed or dispensed body, would heap somewhere and eventually return to the place where it was thrown away). Etymologically (if this helps to clarify where I’m going), to accumulate is a verb whose first appearance was in the early XIV (1520) century and is composed by two particles, the preposition “ad” (to) and the substantive “cumulus” (a heap). Hence, in the early years of that period commonly called modernity, at the babbling of what centuries later would become a world ordered for capital through capitalism, a direction was forged, and bodies were constantly directed and redirected to it. 

The coincidence between the origins of the word accumulation and the early period (if not the dawn) of modernity signal that history, somehow, could be understood as a way of directing “cumulus” (heaps). It is not only after the works of Ricardo, Adam Smith and later Marx, that accumulation becomes a direction of wealth, for the first and second, and later, for the third, a production of that “ad” that directs the cumulus. When Marx famously described how the whole economic process worked, with the analysis of commodification, fetishization (another word —as accumulation— that was firstly coined in the context of slave trading in the XV-XVI century), capital circulation, value and surplus value, he still found necessary to unveil what started everything. For Marx, it is not that capital is merely understood as a machine, but as something that is triggered, something that needs to be started. Irremediably when understanding the process of accumulation(s) of capital, as Marx puts it, we “turn in a defective circle, out of which we only get by supposing an “original” [primitive]”, an “accumulation that is not the result of capitalistic mode of production, but its starting point”. That starting point, for Marx, “plays in Political Economy the same role that plays the “original sin in theology”. The result of this ironic comparison (and maybe not so ironic) is the famous formulation of the process of “so-called” primitive accumulation: that is the demystifying of an idyllic process of enrichment. From this perspective, the “so-called” primitive accumulation is the systematic repetition of violence, land dispossession, forced migration, law prosecution and bloody legislations necessary to produce an ambivalent subject that both surrenders to the “ad” of accumulation while also seeks for its “cumulation” in a line of flight: the vogelfrei. 

If the process of “so-called” primitive accumulation is needed at every stage of capitalism, where would the “ad” this time be produced when there won’t be no earth to live? Would it be that at best the feverish science fiction fantasies finally have been conquered (as depicted in movies like Ad Astra [after all, another movie about the possibility of starting a new process of accumulation in space)? As much as these questions are necessary, perhaps it should also be thought the possibility of an accumulation without “ad”, or an accumulation without “ad” or “cumulus” but another form of piling. Even more, perhaps that’s the only cynical comfort we have, that of which today accumulation is collapsing, and we are just hoarding history, as new vogelfrei we are tied to our impossibility towards the future and yet with the possibility of take off in a line of flight.

Notes on Fredric Jameson’s Postmodernism, or The Cultural Logic of Late Capitalism (1991)

At the end of Fredric Jameson’s Postmodernism, or The Cultural Logic of Late Capitalism (1991) it is stated, as many times in the book, what a possible definition of postmodernism might be: “The postmodern may well in that sense be little more than a transitional period between two stages of capitalism, in which the earlier forms of the economic are in the process of being restructured on a global scale, including the older forms of labor and its traditional organizational institutions and concepts” (417). From this perspective, postmodernism is also a form of interregnum, since both share a level of uncertainty, at least when it comes to naming what or who is the new ruling name in town. In a way, Jameson’s book offers a continuation of what the Political Unconscious inaugurated, that is, a task of constantly historizing. Not surprisingly, this is precisely what Jameson states in the “Introduction”, since he writes thinking for an age that has forgotten how to think historically (ix). The task, then, for a postmodernism thinking is to realize how much of the past has persisted while at the same time acknowledging that commodity critique became another form of mere consumption. This means, of course, that the ultimate form of capitalism (Jameson’s post-industrial capitalism, aka, third stage of capitalism) is able to melt in the everything, that critique is just another object of consumption in a pure form, since “postmodernism is the consumption of sheer commodification as a process” (x). 

As much as the book seeks to theorize, or, at best, illustrate, what postmodernism might be, it also constantly returns to modernism. If postmodernism is supposed to be understood via historicity, there is no other way than learning the past of that form that could be anywhere. This means that since postmodernism is a “cultural dominant: a conception which allows for the presence and coexistence of a range of very different, yet subordinate features” (4), it hardly is foreseeable whilst also it is always present. Modernism, as an aesthetic form and content, might have challenged the ways and means of production, in the other hand, postmodernism emerges as a form of production that integrates into commodity production the aesthetic. It could be said then that postmodernism is (third stage) capitalism’s craving for the past, present and future, without clearly being able to produce its own historicity. 

Postmodern products (novels, films, buildings and so on) resist interpretation. For instance, about the postmodern novel, Jameson would say that it not only resists interpretation but that it “is organized systematically and formally to short-circuit an older type of social and historical interpretation which it perpetually holds on and withdraws” (23). Without, saying it, Jameson’s suggests that the postmodern is a discourse constantly hesitating, something that needs to cut with the old while sustaining it. Postmodern, in its own expression, has a level of undecidability —as much as Jameson refuses to use the deconstructive term (Cfr. Chp. 7). What is at stake when analyzing postmodern art, is not only its form but the way it also depicts the mode of production that produced it, namely a machine that is obsessed with the process of processes of reproduction. Art no longer holds together a monumental enterprise (if it ever did) but now it “reshuffles the fragments of preexistent texts […] in some new and heightened bricolage: metabooks which cannibalize other books, metatexts which collate hits of other texts” (96). Postmodernism ultimately is the addition of dispersed elements, a summatory of things that are distant in time and yet close to our senses. Living in postmodernism times is living distracted, eternally gone in-between the “wrapping shells” of non-centered spaces that demand our centrality and linearity as subjects of production-distribution-consumption. 

While it could be argued that Jameson too easily totalizes the production of culture in the late capitalism, it could also be said that this is not the project of postmodernism, or at least not the postmodernism that Jameson’s proposes. Jameson is aware that he must avoid auto-reification: “Permanent revolution in intellectual life and culture means both that impossibility and the necessity for a constant reinvention of precautions against what my tradition calls conceptual reification” (401). To this extend, thinking about postmodernism might, at best, open the possibility of reading literature (and history) as a series of movements and strategies. Thus, against reifying postmodernism, it should be thought beyond it. That is, if modernism was the movement and formation of monuments and its attractive force; postmodernism would come to be as an affective movement that brakes and disperses while sustaining what cuts. It might be said, then, that our current times (or even after the 60’s which are the times that Jameson analyzes the most), could be catalogued as a suspension and (another) regression (and return), from the brake of the postmodern and the fascination of the modern. We are not living the times of the “effacement of the traces of production” (314), as in postmodernism times we certainly did, but the times were scars are too visible, when what is effaced still accumulates, when non-subjects still matter and the global suspends the monad. And yet, the suspension (or stasis) of our times replicates more than nothing all that past that was supposed to be meted in the air, but somehow found us via partial summing ups.

Mitad del cuento, atisbo otro. Notas sobre La cena (2006) de César Aira

La cena (2006) de César Aira pudiera ser corolario de otra de sus novelas. Mientras esto no sorprende, pues lo mismo se podría decir de buena parte de la obra de Aira, sí lo hace el tono sombrío y lacónico del relato. La cena cuenta la historia de un narrador deprimido, lleva ya siete años sin trabajo y se ha mudado al departamento de su madre en Pringles. Aunque la madre no hace sino amarlo, el narrador se siente fracasado. Así que, a miedo de dejar pasar su última oportunidad de alcanzar el éxito, el narrador lleva a su madre a cenar a casa de su único amigo, un tipo solitario pero sociable. Luego de la cena y de que madre y anfitrión entablaran una amable conversación, pues ambos tenían algo en común —la “pasión por los nombres” (pos. 6118)—, el amigo del narrador alarga la velada y les muestra a sus huéspedes una serie de juguetes viejos. La madre del narrador no soporta la exhibición, y es que madre y amigo “sólo se entendían cuando pronunciaban nombres (apellidos) del pueblo; en todo lo demás, ella se retraía enérgicamente” (pos. 6228). Después, el narrador regresa a casa con su madre y se pone a ver por la televisión un programa en vivo en el que se da seguimiento a un evento terrorífico local: cadáveres que se levantan de sus tumbas para succionar las endorfinas del cerebro de los habitantes del pueblo. La desgracia, que no logra sacar al narrador de su depresión y pasmo, dura poco. Finalmente, el narrador, al visitar al día siguiente a su amigo para proponerle formalmente su idea de negocios, se da cuenta de que la desgracia televisada no fue sino un “mal” programa de televisión, un refrito que ahora recibe los elocuentes comentarios de su amigo, para quien ese negocio televisivo debe cambiar, pues “la prosa de los negocios tiene que expresarse en la poesía de la vida” (pos. 7157). 

Mientras que la narración del programa de televisión concentra la mayor parte del relato, el meollo (o uno de los meollos) de la narrativa es la depresión del narrador y su fascinación por los juguetes antiguos que su amigo le mostrara el día de la cena. El narrador queda maravillado cuando ve el primer juguete de su anfitrión. “Era un verdadero milagro de la mecánica de precisión, si se tiene en cuenta que esas manitos de porcelana articulada no medían más de cinco milímetros” (pos. 6202). En cierto sentido, el juguete, como tantos objetos en la obra de Aira tiene un carácter atuorreferencial respecto a la novela en sí. Es decir, como el amigo guarda un montón de objetos inútiles pero “milagros de una mecánica precisa”, así también el mercado literario guarda las novelas de César Aira, obras de precisión milagrosa, pero que a los ojos de otros observadores, como los de la madre del narrador, no son más que objetos inútiles y chatarras, juegos de niños. Los juguetes, como las novelas del autor del relato, son objetos que se presentan en forma precisa y pura, hasta que uno empieza a ver que sucede otra cosa. A cambios de velocidad y fuerza la forma se expresa. Cuando el juguete en cuestión, el de las miguitas imaginarias, termina su funcionamiento, el narrador observa que tal vez “Los autores del juguete debían de haber querido significar la cercanía de la muerte de la anciana. Lo que me hizo pensar que toda la escena estaba representando una historia; hasta ese momento me había limitado a admirar el arte prodigioso de la máquina, sin preguntarme por su significado” (6206). El asunto es que ni la madre ni el anfitrión se esfuerzan en entender la “narración” del juguete, para la primera es una pérdida de tiempo y para el segundo es sólo un derroche de forma. 

El enredo que se teje entre las perspectivas del narrador, su madre y su amigo pone a unos en concordancia y a otros en discordia. La concordancia no puede englobar a las tres partes. Mientras que el amigo y la madre viven fascinados por los nombres (apellidos) que saben, el narrador no comparte esta emoción. Igualmente, a la vez que el narrador y el amigo tienen una fascinación similar por los juguetes y demás objetos lujosos —pero inútiles—, la madre del narrador no puede verle nada de especial a esos cachivaches. Aunado a esto, el narrador queda fuera de cualquier lugar de concordancia, pues ni los remedios del amigo (reformar la forma en que la televisión en Pringles trabaja, para expresar “la prosa de los negocios tiene que expresarse en la poesía de la vida” [pos. [7157]), ni las desconfianzas y preocupaciones de la madre sobre el futuro de su hijo, lo sacan del pasmo y tedio en el que vive.

Si a la mesa de una cena se sentaran arte, estado y mercado, éste último, al menos para nuestros días, sería el anfitrión. Mientras estado y mercado se atragantan de nombres para verificar sus narraciones, el arte no hace sino ver que, como el narrador al escuchar las razones por las que su madre desconfía de su amigo, “los nombres hacían verosímil la historia, aunque sobre mí provocaban más efecto de admiración que de verificación” (6347). El arte puede ver la verdad, pero no verificarla. No es su “deber”, pues la verificación y —en cierto sentido también— la verosimilitud pertenecen a un tiempo muerto, como el de la televisión y el programa que registra la catástrofe de los muertos vivientes y su resolución. Si al día siguiente de la cena, el estado, como la madre, queda con el estómago revuelto, y el mercado con las últimas palabras que no rehabilitan al arte, entonces, no habría más que la estetización de la máquina y el sistema como triunfo de un totalitarismo que sabe del pésimo, pero eficiente, funcionamiento de las viejas formas de narrar la vida cotidiana (como el programa sobre los muertos vivientes). No obstante, si la última palabra la tiene el mercado, su prosa de negocios no es más que una narración mal contada, pues como al amigo del narrador, al mercado “se le mezclaban los episodios, dejaba efectos sin causa, causas sin efecto, se salteaba partes importantes, dejaba un cuento por la mitad” (pos. 6076). En esa mitad que se abre al final de las últimas palabras del mercado, la poesía de la expresión abre camino para otra vida y su trabajo.

Notas a Esferas II (2004) de Peter Sloterdijk

Capítulo 3

Si el fuego puede, al menos para Sloterdijk, asegurar la transferencia de solidaridades dentro de un espacio primigenio de inmunidad para las masas —dígase la aldea, la tribu—, el fuego también es vulnerable. Cuando la catástrofe natural aniquila a la aldea, las cenizas no son siquiera resto. La clave para sobrevivir a las desgracias estaría, entonces, en la sublimación del fuego y del agua, del calor y del frío. Un arca, sea la de Noé o la de cualquier mito, es un signo que da inmunidad y cobijo, es la condición de salvación y supervivencia. Para vencer a la catástrofe no hay sino que dejar la esfera primaria y expandirse en la técnica: armar a fuego, sudor y agua un casco protector. Para Sloterdijk, la idea de “arca” tiene una fuerte relación con la aparición de las primeras grandes metrópolis de la antigüedad (Nínive, Babilonia, Ur), pues sólo las arcas están destinadas a ser la prueba de que el suelo del ser puede darse por el ser mismo sin su yo-estar-en-el-mundo. “El arca no es tanto una estructura material cuanto una forma simbólica de cobijo de la vida rescatada, un receptáculo de esperanza” (289). Como los círculos alrededor del fuego inauguran los primeros asentamientos humanos (capítulo 2) luego del crimen originario que sacrifica a lo indeseable del centro (capítulo 1), así también la formación esferológica del arca comienza un nuevo capítulo de la macroesferológica de los seres humanos. 

El dilema de cualquier arca, como el de cualquier ciudad, es el mismo que el de la inclusión. Es decir, “en todos los fantasmas-arca se afirma como una imperiosidad sagrada la selección de los pocos; muchos son los llamados, pocos los que se embarcan” (295). Por consiguiente, se vuelve transparente que a la fiesta del fuego no todos son invitados. Todos sabrán de las danzas alrededor del templo, pero sólo unos pocos verán el desfile de brazos, caderas y pies. Como una ciudad, las arcas manifiestan que su razón de ser radica en una paradoja: “sólo si no entran todos, entran todos; pero si entran todos, no entran todos” (298). Los pocos, los elegidos, los que habrán de salvar, deben excluir para después erigir un milagro. No obstante, ciudades y arcas se diferencian. Mientras las segundas se entregan al impredecible devenir de la catástrofe, las primeras se empecinan obstinadamente a la superficie y también, de cierta manera, a inmunizarse en la llanura de otra imprevisibilidad, sea la del desierto, o la de la estepa. 

Las ciudades antiguas no son testimonios de megalomanías. Ni tampoco sitios de pecado, como las verían aquellos que recién salen de sus arcas. Para Sloterdijk, las ciudades antiguas sólo pueden sentirse “por una angustia especial iniciática” (302), un puente entre lo anterior y lo “de ahora”. Esa angustia es, a su vez, “un éxtasis que produce la sensación de seguridad y cobijo” (302). Habría, entonces, una guerra de afectos frente a los grandes muros de ciudades como las mesopotámicas: 1) asombro y seguridad, para los que viven dentro de los muros; 2) angustia, para los que piensan y saben que fuera del confort no existe nada; 3) recelo y fascinación, para aquellos que deambulan en el desierto y que, aunque saben del confort que hay del otro lado de los muros, no hacen sino pedirle a su dios que castigue a aquellos que se ufanan con alcanzarlo en obras (torres, murallas, estelas). Si el arca es el útero de la madre que nos vuelve a tragar para cargarnos y llevarnos hasta que termine la tormenta, la ciudad será la prostituta, que “está ahí para encandilar miradas, elevar miradas, humillar miradas” (303), un cuerpo que tiene que dejarlo ver todo y a la vez garantizar “el buen ambiente” y “la prosperidad del negocio”, de la mano siempre de una “seguridad con confort”. Mientras la madre sólo nos puede tragar para reconfortarnos, la prostituta promete reparación, como la que tuvo el espíritu del escritor José María Arguedas meses antes de su suicidio.

A diferencia de los círculos alrededor del fuego, las ciudades antiguas ahora se preocuparán por hacer visible y evidente que el calor del centro llega hasta los límites del inmenso poblado. Las grandes murallas no son delirios de paranoia ni nomos de la tierra para la mirada de los enemigos. Antes bien, son cuerpos que “ayudan a los habitantes de la ciudad en su intento de superar la inflamación anímica que les ha causado la asimilación interior del gran espacio” (342). Es decir, si ya todo lo que se puede se quiere y todo lo que se quiere se puede dentro de estas antiguas megalópolis, las murallas se convirtieron en la demostración para las masas de que esos muros son “receptáculos de funciones autorreceptivas” (344). Es decir, cualquiera se podía ver seguro en el sólido muro. La muralla era el retrato de perfil del centro. Con los muros, tanto las masas como los líderes encontraron que era posible “edificar un gran mundo como mundo propio e interior autoincubante” (352). Si el gemelo primigenio, muerto en el parto, nos había dejado solos en el mundo, el proyecto de las viejas megalópolis era hacerle justicia a los abandonados. Por otra parte, estos experimentos morfológicos sólo han cambiado para confundir la megalomanía, la paranoia y la inmunidad que brindan los muros. Hoy, en el mejor de los casos, una muralla es eso, confusión. A su vez, como se vio en estos primeros días del año, con la espectacular y risible alternancia democrática estadounidense, queda más que nunca evidente que los delirios de quienes construyen murallas están dictados para la incubación de lo “superior”. Sólo era posible “Make America Great Again” con muro que incubara, muro que hoy día ya ha sido detenido. Tal vez el loco tenía más de profeta babilónico que de tonto, pues hoy son más quienes aseguran que el mundo está mejor.