Is the NDP a force for change today?

The NDP comes from a tradition of Prairie populism and socialism. It is this history that made the party distinctive. As the Regina Manifesto said: “We aim to replace the present capitalist system, with its inherent injustice and inhumanity, by a social order from which the domination and exploitation of one class by another will be eliminated, in which economic planning will supersede unregulated private enterprise and competition, and in which genuine democratic self-government, based upon economic equality will be possible.” The party took the side of the broad interests of the oppressed, and from that vantage point articulated a vision of an alternative society. The role of organized labour within the party, as well as other grassroots movements, guaranteed that it would be more than a collection of office-seeking politicians.

Today, the idea of a vision of another social order arising from the injustices of capitalism sounds anachronistic. Worse still, the NDP has become a collection of office-seeking politicians, however well meaning. There are many reasons for this. The most important is simply the fact that capitalism has successfully raised the living standard of enough people to take some of the sting out of exploitation (this was acknowledged a generation after the Regina Manifesto in the Winnipeg Declaration). Equally, the welfare state (for which the NDP can take much credit) has improved the lives of most if not all Canadians. Finally, many of the greatest problems we face as a society are no longer (if they ever were) fundamentally rooted in work and production. Unions increasingly seem more like mere interest groups, while business interests are given priority because of the taxes and jobs they create.

Part of the task of the NDP, if it is to remain a voice of conscience, is to remind us of how tough life is for those who still suffer hard times under our economy; and there is a role of the NDP in challenging the idea that what is good for business is good for society as a whole, especially in this era of inadequately regulated financial speculation.

But the party has a deeper problem: what guarantee do voters have that the NDP is different from any other collection of well-meaning office-seekers? Let me be absolutely blunt: the crass rejection of the carbon tax by Carol James is the clearest possible evidence that the NDP is no longer more than an electoral vehicle for seeking office. Current leadership candidates give us well-meaning rhetoric but few guarantees that the NDP would govern any differently than the Liberals.

The solution seems straightforward enough, but perhaps hard to stomach within the deeply conservative culture that pervades the NDP: the party needs to transform itself from a vehicle for electioneering into a convener and articulator of social movements. The guarantee of a strong environmental policy is strong links to environmentalists. By the same token, the best way to guarantee policies that will serve the broadest possible interests in a range of issues is by convening educators, nurses, students, First Nations, anti-poverty groups, small business owners; and, of course, labour unions are important in that context as well.

I recently visited Bolivia where remarkable political and social changes have been initiated by a government that sees itself as an instrument of social movements. Building on intense conflicts over water and gas, land and indigenous rights, Bolivia’s current leadership has managed to create a new constitution that is an amalgam of indigenous and republican ideals, new forms of democratic government at the local and departmental level, and new ways of governing “by obeying,” as their slogan goes. We could learn a lot from Bolivia.

Bolivia: The Challenge to Institutionalize Change

I was asked to comment on the situation in Bolivia while in La Paz last week. The gist of the interview is that Bolivia is not sliding toward competitive authoritarianism, but it must institutionalize the democratizing political changes that have been introduced in recent years or risk losing them. See below, for those who speak Spanish.

The interview was conducted by Pedro Peralta.

Cameron: “Puede que en Bolivia hayan abusos de poder, pero no autoritarismo”

Pagina Siete, February 20, 2011.

¿Cuál es la lectura que hace del proceso político boliviano ?

Bolivia pasa por un proceso muy profundo de democratización, que implica una serie de cambios políticos, sociales y culturales. Superó una etapa de gran crisis.

El Gobierno del MAS heredó una situación muy complicada y afortunadamente logró dar cierta dirección a los procesos políticos. El principal logro es la Constitución, que sin duda cambia el escenario político en muchas maneras. Obviamente habrá que ver cómo se implementa.

Un proceso de cambios profundos tiene que pasar por un proceso de institucionalización. Ése creo que es el reto principal: cómo institucionalizar los cambios de tal manera que Bolivia salga de ese proceso con un sistema político democrático y participativo.

¿Hasta qué punto es ideal para la democracia la hegemonía que ha logrado el MAS?

La hegemonía nunca es ideal para la democracia porque hablamos de un sistema en el que el pueblo manda. En cualquier sistema democrático deben existir garantías para las minorías.

Cualquier proceso de hegemonización del poder puede erosionar la vitalidad de la vida democrática. Más bien, lo que me llama la atención es que si bien el MAS es el actor político más importante de lejos, a su interior hay muchas tendencias, y en el país hay procesos de cambio a nivel subnacional, hay movimientos de poblaciones indígenas. No todos van a estar de acuerdo con el Gobierno y eso es bueno.

¿Qué es lo que se tiene que hacer ante esta situación?

Un elemento importante en la situación de Bolivia es que en 2005 se cayó el sistema de partidos. Es muy importante construir un sistema de partidos y ahí está la gran obligación de quienes no están de acuerdo con el MAS, de construir partidos alternativos democráticos que se muevan dentro de las reglas del juego, no para ir contra al adversario, porque la competencia democrática no es acabar con el otro, sino para abrir espacios de negociación y de diálogo.

¿La hegemonía del MAS se consolidará o los sectores opositores la remontarán?

Podríamos imaginar varios escenarios: 1) que se mantenga el statu quo, que es poco probable porque los actores políticos ven en esta coyuntura un momento de desequilibrio, 2) que se consolide un sistema democrático de más participación dentro del orden constitucional, respetado por el Gobierno como por la oposición. Esto es lo más deseable, 3) que –como varios analistas de fuera consideran- Bolivia, al igual que Venezuela, estaría rumbo a un sistema autoritario competitivo. Yo no creo que ése sea el caso de Bolivia. 4) que es el colapso del régimen democrático por golpe o algo así, que es poco probable. Yo soy optimista. Creo que es más probable que se irá consolidando un orden constitucional más participativo. No digo que esto va ocurrir con toda garantía, pero es muy posible.

¿El autoritarismo es un riesgo latente?

No veo al autoritarismo como un gran peligro. Puede que haya abusos de poder. Efectivamente, un líder puede actuar de una manera autoritaria, pero no creo que Bolivia avance a un régimen autoritario. El mayor riesgo es no poder institucionalizar los cambios que se ha iniciado.

No se debe perder la oportunidad de hacer en Bolivia algo que no ocurrió en otros países de América Latina: lograr la síntesis entre distintas culturas para crear un sistema político que permita la coexistencia de las instituciones liberales y republicanas con procesos de descentralización, de participaron en la política de campesinos e indígenas, y de todos los ciudadanos. Para lograrlo, se debe institucionalizar los cambios.

¿El giro a la izquierda en varios países de la región se va a consolidar o habrá un retroceso?

No hay razón para pensar que este giro a la izquierda es permanente. Puede ser reversible. Pero eso depende mucho del empeño de los gobiernos. Hay que recocer que son muchas izquierdas, no una sola. Una cosa es Chávez y otra cosa es Lula, otra cosa Evo, otra cosa es Daniel Ortega.

Creo que el modelo más atractivo -y quizá el más duradero en continuidad en el poder como de los logros- para las izquierdas de América es el de Lula en Brasil, donde se alcanzó importantes logros en el campo social: mantener el orden macroeconómico estable, gobernar estrictamente con la Constitución y democráticamente, y con mucha participación.

Muchas veces me siento frustrado con la idea de que las alternativas son Chile o Venezuela. No es así. El gran modelo para la izquierda latinoamericana hoy en día es Brasil. Creo que Bolivia también es otro modelo, más propio en una sociedad muy particular.