La muerte y la doncella

La muerte y la doncella se trata de una situación en que no tenemos evidencia suficiente para cualquier lado, y solamente podemos trabajar con lo que nos dicen nuestros emociones. Como Rashomon, el clásico del cine de Akira Kurosawa, o la persa película más moderna A Separation, tenemos que examinar más allá de lo que nos dice la ley hacia un mundo en que la verdad y la realidad no tienen una relación tan definida – no siempre están de acuerdo aunque, según la ley, deberían. Los cicatrizes de esta obra son los dejado por una tortura y violación durante la dictadura de Pinochet en Chile (ostensiblemente, y es relevante para cualquier país con circunstancias así), y aunque simpatizamos con la reacción de Paulina mientras encuentra su violador – según ella – también simpatizamos con los demás. Simpatizamos con su esposo Gerardo, cuyo interés es seguir adelante y cuya involucramiento en la historia vuela más y más fuera de su control. Nuestras emociones quieren que castiguemos a Roberto, pero nuestras consciencias saben que el vigilantismo y asesinato extrajudicial no son las respuestas correctas con tan poco evidencia. Sabemos como actuar legalmente, pero no sabemos como se siente Paulina después de años de sufrimiento y paranoia. Podemos decir seguramente que no actuaríamos igual dado sus circunstancias?

Estos son los cicatrices que sobreviven después de la dictadura y que no simplemente se sanan por la noche cuando vuelve la democracia. Ariel Dorfman no nos da una solución fácil ni un final feliz, creo yo, porque no existe, ni para Chile ni cualquier país. Es difícil sufrir sólo, pero la necesidad de tener una comisión legal que investigue los abusos de los derechos humanos habla de una trauma colectiva o social. Gerardo y Paulina quieren la misma cose – sanar – pero aún así sus métodos y experiencias están en conflicto.¿Cómo puede seguir adelante la sociedad cuando cada una de su gente sufre de su propia manera?

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