24. El mundo al revés en tres poemas de Luis Vidales. 1926

Música en el café Automático

Los tres poemas que voy a analizar a continuación fueron incluidos por Luis Vidales en su libro de poemas más famoso y también más comentado por la crítica: Suenan Timbres. Publicado en el año 1926, este texto causó indignación entre los poetas tradicionalistas colombianos, cultores de la rima clásica y de los temas románticos y/o modernistas. El título del texto es en sí mismo sugerente: se trata de poetizar el sonido eléctrico que realizan estos nuevos aparatos que ahora se observan en las residencias y en los edificios: los timbres. Atrás quedaron los tiempos de las aldabas en las puertas: ahora suenan timbres en el centro de Bogotá, de la misma manera que se escucha el ruido del tranvía, de los pocos automóviles, de las cafeteras importadas en los clubes y cafés, de los fonógrafos y cinematógrafos y, en fin, de una gran diversidad de aparatos tecnológicos que pueblan de ruidos novedosos las calles de la capital de Colombia. La tecnología, según dijimos en el caso de otros escritores vanguardistas latinoamericanos, jugó un papel trascendental en la conformación de su imaginario literario (pienso en Roberto Arlt o en Mario de Andrade, por ejemplo). Para Vidales, a su vez, esos sonidos chirriantes y disonantes de los timbres sirven para “poner en tela de juicio todas las reglas estéticas del pasado y crear formas nuevas, nuevas maneras de expresarse y expresar las nuevas circunstancias” (Grunfeld).

Empecemos, pues, con el análisis del poema que lleva por título “La Música”, que empieza así: “En el rincón / oscuro del café / la orquesta / es un extraño surtidor. / La música se riega / sobre las cabelleras. /Pasa largamente / por la nuca / de los borrachos dormidos. Recorre las aristas de los cuadros/ ambula por las patas /de los asientos/ y de las mesas/ y gesticulante/ y quebrada/ va pasando a rachas/ por el aire turbio”.  Vidales, como vemos, se refiere a la orquesta del café Windsor: una verdadera novedad para los espacios de sociabilidad de la época y un síntoma de la incursión de objetos y artefactos nuevos en el café, como grecas importadas para preparar las bebidas, billares para la entretención de los clientes y fonógrafos o rocolas para escuchar música en caso de que la orquesta no esté disponible. Orquesta que, de vuelta al poema, se compara con un surtidor eléctrico que produce una música que no se escucha sino que se “riega”, se desplaza, y a lo largo del poema esta se asocia con verbos que la personifican y le dan vuelo: ella recorre, ambula, gesticula y da vueltas por el café. La música, termina el texto, “desbordada/ se expande en el ambiente./ Entonces todo es más amplio/ y como sin orillas” (Vidales). De acuerdo con la voz poética, entonces, esa música se termina desperdigando por el café ilimitado y todo lo toca con su poder seductor y su naturaleza febril, colándose por los vericuetos más inverosímiles. Los sentidos, en suma, juegan en este poema y se entrecruzan en múltiples combinaciones sensoriales, potenciando la sensación de un ambiente íntimo, casi mágico, en el que se repiten imágenes surreales de ensoñación y delirio.

Observamos, así, un “nuevo lenguaje” en la poesía colombiana de los años 20. “Como poeta urbano”, dice Briggite König, “Vidales tematiza (…) el café como espacio de vida donde la mirada enajenante deforma objetos e impresiones visuales y acústicas y los dota de una nueva semántica” (König). El café, de esta manera, es para Vidales un signo de la “nueva” poesía. Es un lugar de vida, como dice König, en donde esa “nueva” poesía es posible. Las sociabilidades del café literario alumbran un nuevo discurrir poético que toma distancia del artificio modernista o de la autenticidad costumbrista. Poemas de experimentación en donde el mundo queda siempre al revés, como en el texto que lleva por título “En el café”, en donde se lee:  “El piano/ que gruñe metido en un rincón/ le muestra la dentadura/ a los que le pasan junto./ La bomba eléctrica/ evoluciona su luz/ en el espejismo de mis uñas/ y desde la mesa/ donde una copita/ vacía/ finge/ burbuja/ de aire/ solo -a grandes sorbos-/ bebo música” (Vidales). Hay aquí, nuevamente, una especie de contravía mágica en donde la música no se escucha sino que se bebe. Antes se regaba, como en un surtidor defectuoso; ahora se consume, “a grandes sorbos”, bajo los gruñidos del piano. Es el ambiente del café que se personifica y nos mira de frente, como estudiándonos. Un procedimiento similar, recordemos, al empleado por César Vallejo a la hora de poetizar el Café de La Regencia de París.

El ser humano, entonces, en estos poemas, resulta un espejismo dudoso en donde lo que de verdad importa es la imagen reflejada. Se cambia de esta manera “la perspectiva tradicional antropomórfica por una visión que enfoca el revés de las cosas. Así, los microbios estudian al científico a través del microscopio (…) Esta captación vanguardista de lo nuevo representa en esencia un acto de creación, o más bien una recreación de la realidad a través de una nueva perspectiva poética” (Grunfeld). Los artefactos del café, bajo este lente, son los que miran a los hombres, no al revés; el piano les gruñe, la música se riega sobre sus cabelleras, la luz evoluciona en sus uñas, las copas fingen, todo en un escenario de excesos alcohólicos y densas nubes de tabaco.

Vidales, como queda claro hasta ahora, asocia al café con un escenario lúdico, recreativo; un espacio fascinante en los ojos del poeta, que percibe la transformación entrañable de las formas, sonidos, olores y colores de esas noches de bohemia. Lugar del relajamiento y el ocio, el café muta, se transforma, adquiere visos mágicos que sirven de inspiración lírica. No es casualidad, entonces, que en estos versos que analizamos palpite una suerte de experimentación recreativa de la lengua. Vidales escandaliza con estos versos a los poetas tradicionalistas bogotanos, pues no solo su contenido es subversivo (poetizar, por ejemplo, la luz de una bombilla eléctrica), sino que también la forma misma escogida por el poeta supone un desafío a los cánones establecidos. El poema en prosa “Teoría de los objetos. Plática en el café”, que recuerda el texto Espantapájaros (1932), de Oliverio Girondo, es una muestra de ello:

“Como veis esto es un taco y esto una bola de billar. Dos cosas distintas —¿verdad? Pues bien. Os digo que son iguales. La bola de billar es un taco estancado y el taco es una bola que ha hallado continuidad (…)Todos los objetos están en potencia a su forma contraria.

Cuando yo voy por la calle vigilo siempre mi bastón porque me da miedo que de golpe pierda su continuidad y se vuelva una bola.

Pero sobre todo tened presente esto – de donde se deriva lo que habéis oído. La línea es una circunferencia desinflada. Y la circunferencia es una recta que ha hecho panza” (Vidales 36).

Es interesante notar, en primer lugar, la manera en que Vidales se apropia del discurso de “la relatividad”, ya en boga en los años 20, y “relativiza” la forma y el uso de los objetos del café-billar, como son la bola y el taco, así como uno de los utensilios de la vida diaria, como es su propio bastón. A la manera de César Vallejo, en Trilce (1922), en donde el poeta peruano se apropia de un lenguaje científico,  aquí Vidales incorpora los conceptos de la física y la geometría para sugerir la mutabilidad de los objetos y sus pluralidades semánticas. El taco es una bola, y viceversa, en la medida en que la línea recta es un círculo, y viceversa. Y de la mano de este espíritu lúdico, Vidales también hace uso de un refinado sentido del humor en este poema en prosa que desafía claramente, en cuanto a forma y contenido, los parámetros clásicos de la lírica colombiana.

La subversión de Vidales, por otro lado, también era política. Como varios de los vanguardistas mencionados en este blog, fue militante del partido comunista a lo largo de su vida: fundó y dirigió distintos periódicos, como “Vox Populi” (varios de los vanguardistas latinoamericanos crearon revistas o periódicos para difundir su voz), que se constituyeron en medios de propaganda de su pensamiento marxista y de sus obras poéticas (König). El poeta, así, también se encontraba políticamente en la orilla opuesta de la mayoría de los poetas colombianos de ese tiempo, quienes eran conservadores y defensores de la religión católica. Vidales, podemos decir al final de este análisis, fue sin lugar a dudas un espíritu de avanzada dentro del contexto parroquial colombiano. Atrevido, altivo, contestatario, se atrevió a cantarle al café, un símbolo de la ciudad moderna, y en esta medida desafiar, a través de sus versos, a la sociedad pacata y alambicada de los años 20, descubriendo así “un valor lírico en dominios que tradicionalmente no pertenecían a la poesía” (Grunfeld).

Poetizar el café, en este orden de ideas, es un indudable gesto vanguardista en la Bogotá de los años 20. Luis Vidales, un poeta nuevo, da testimonio de sus noches de bohemia en un espacio nuevo: el café, haciendo uso de un lenguaje chocante, transgresor, radicalmente novedoso.

 

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