Durante las últimas semanas hemos analizado algunas dicotomías en la novela Ifigenia. Esta semana, al leer la primera mitad de la novela Balún Canán (1957), nos hallamos con otra historia repleta de dicotomías. Algunas pueden ser relacionadas con ambas novelas (ser hombre/mujer, ser dominador/dominado, rico/pobre, ¿hasta apariencia/lo esencial tal vez…?), pero por otro lado esta segunda obra nos presenta a otras que son, sin duda, jerarquías a la vez. Balún Canán, escrita por la autora mexicana narra los enfrentamientos entre indígenas y terratenientes en los años 30, la época que marcó el final de la Revolución Mexicana durante la presidencia de Lázaro Cárdenas. En las 24 capítulos (o, diría yo, fragmentos) que constan la primera parte de la novela nos proporcionan una imagen de este contexto socio-histórico que seguramente es tan fragmentado como la trama de esta novela. La sociedad de Comitán está al borde de revolución y los dos lados se caracterizan por ser blanco/indígena, sabe leer/analfabeto, castellano/tzeltal, terrateniente/trabajador. Estos dicotomías siguen siendo evidente en la trama de la segunda parte, aunque el narrador cambia.
La primera parte es contada por una niña protagonista casi anónima. Hasta este punto en la lectura todavía no sabemos su nombre, sin mencionar otra información decisiva de su carácter y apariencia. Aunque, irónicamente, es ella que nos proporciona datos sobre todos los otros personajes en la primera parte; los que están a los dos lados de este enfrentamiento. A través del punto de vista bastante inocente de esta chica el lector puede confiar en esta narradora imparcial y fidedigna (la que irónicamente se sitúa a los dos lados de esta división por ser blanco/rico/terrateniente pero a la vez es mujer y no varón, como su madre frecuentemente le recuerda). La niña protagonista, junto con las “nueves guardianas”, las colinas que rodean Comitán que la gente indígena llaman Balún Canán, desempeña el papel de testigo a la trama (y trauma) que desarrolla en esta región. La manera en que esta primera parte es narrada resulta en una historia que la chica no nos cuenta, sino nos muestra. El lector también se hace testigo a través del acto de leer la novela y “ver” la historia a través de los ojos de la niña. Por otro lado, la segunda parte, o sea, la primera mitad de la segunda parte, parece ser contada por un narrador imparcial también, aunque en vez de primera persona hay un cambio a la tercera persona y la voz suena mayor y menos inocente. Igualmente, en vez de ser ‘mostrado’ la historia ahora es definitivamente contado en el pasado (el pretérito). La razón para este cambio todavía no está clara, pero seguramente se hará mas evidente con la lectura de la segunda mitad la semana que viene.
