La familia de Rigoberta Menchú estuvo estrechamente ligada al catolicismo. Sus creencias personales eran una amalgama de creencias católicas y espiritualidad Maya. Me pareció interesante presentar y explorar la teología de la liberación. Este movimiento social, político y religioso es, presuntamente, una parte importante del acervo cultural de Menchú.
A partir de los 50, sacerdotes latinoamericanos incorporaron conceptos marxistas en sus diagnósticos sociales. Estas ideas paulatinamente se hicieron ubicuas en la región. Tras el Concilio Vaticano II de 1962-1965, que transformó fundamentalmente la interacción entre iglesia y sociedad, y la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968, en la que se establecieron las bases teóricas de esta corriente, este incipiente movimiento adquirió forma y carácter.
El principio central de la teología de la liberación es la opción preferencial por los pobres. Abogan por una preocupación especial dirigida a mejorar las condiciones materiales de los menos favorecidos, y por una iglesia que renuncie a participar en la ampliación de la brecha entre los que más tienen con los que menos. Defienden que no se debe esperar a la muerte para la salvación y para vivir dignamente. En este sentido contradicen expresiones sincretistas proliferadas durante siglos recientes en las que las personas carentes de poder encontraban alivio a través de una reversión de los roles en otras vidas. Esta conducta es aparente en el texto de Arguedas, por ejemplo. Estos teólogos, al igual que Menchú, abogaban por una lucha activa en el presente. Otros principios importantes son la lucha contra la explotación/injusticia social, la aseveración de que la existencia de estos constituye un pecado social, y que la fe debe ser practicada en vida socialmente.
Hay un camino diáfano para trazar paralelismos entre estas ideas y el accionar de Menchú. Mínimamente, pensarlas esclarece el panorama ideológico que alimentó el espíritu revolucionario encarnado por su lucha social.
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