El suplemento de presidir. Notas sobre El presidente (2019) de César Aira

El presidente de la Argentina, que César Aira dibuja en El presidente (2019), está lejos de ser un déspota. Al mismo tiempo, algo hay en el anónimo presidente de esta novela de Aira que lo conecta con aquellas figuras infames retratadas por varios autores del Boom en el siglo XX. Sin ir muy lejos eso que une a dictadores y a este presidente es su relación con sus multitudes. Mientras que los primeros aparentan una sólida y marcada distinción entre soberano y masas, el presidente de Aira se confunde entre las muchedumbres. La historia cuenta, así, como por las noches el presidente se pasea por las calles de Buenos Aires, como a su paso “el mundo sobre el que presidía se abría para él” (7). Movido por el amor, “algo tan ajeno a la política” (8), el presidente busca ser común, dejar de presidir para poder ser otro más en las masas. Y aún así, las calles se le presentan siempre como posibilidades de intervenir en su ciudad, en su país. El problema es que aunque el presidente “estaba habilitado para intervenir … hacerlo privaría al destino de sus más bellas inminencias, por lo que se abstenía. Los argentinos tendrían que arreglárselas solos” (9). El problema del presidente, pues, está en presidir, sea ocupar el primer lugar en las responsabilidades del estado, o sea también en asistir a las masas, dejarlas ser, pero también cuidarlas.

El relato que ofrece El presidente no es, pues, una historia grandilocuente. De hecho, la prosa constantemente presenta a un presidente empeñado en vivir como cualquiera. Sus largas caminatas, movidas por el amor, no son sólo una forma de acercarse a las masas sino de acercarse a sí mismo, a ese que fuera antes de ser presidente. Así, los paseos le recuerdan, a tres personajes que marcaron su vida: el Pequeño Birrete, Xania y la Rabina. El primero es un amigo de la infancia, un niño pobre que perdiera el quicio cuando por vez primera entró a la casa de su amigo que años después de convertiría en presidente. El choque de clases traumaría al Birrete, como al futuro presidente. Igualmente, Xania y la Rabina también impactaron al presidente, una por su eficiencia (Xania) y la otra por su sensualidad. Las dos mujeres, luego, se le presentarán al presidente como armando una treta en su contra: construyendo un falso secuestro y pidiendo un rescate muy elevado. Confundiendo ensoñación, delirio e imaginación, el presidente es más un autómata que un agente del estado. Al final de su historia todo le parece ilusorio, transparente, sin consistencia, “Los personajes que lo acompañaban, los que atraía a su órbita para paliar esa soledad, eran imágenes fantasmales provenientes de su pensamiento. No tenían la consistencia que habría querido darles. Eran sólo funcionales a la trama que se había inventado para soportar la carga de la presidencia” (122). Pronto, la ciudad y el país, se le presentan al presidente como un mundo que conspira contra él, que sin motivo aparente lo odia. 

No se trata, pues, de que exista un “pueblo” imaginado por el presidente y que éste pueblo deba ser disciplinado. De hecho, las ficciones que se hace el presidente no son impositivas, ni mucho menos resolutivas. Justamente, el final de la novela advierte sobre los peligros de la fabulación presidencial, y en buena medida recuerdan las mismas motivaciones que Benedict Spinoza diagnosticara en el siglo XVI para las cruentas y tensas relaciones político-religiosas en Los Países Bajos. Si hubiera que pensar el estado, o en este caso el presidente, Spinoza diría, habría que pensarlo como un bien contingente y relativo, y no como un mal necesario. Así, el bien contingente y relativo que el presidente de Aira ilustra radica en dejar su fabulación inconclusa, en dejar sin resolver el misterio que el Birrete, Xenia y la Rabina cargan. Dejar el caso abierto es precisamente dejar de presidir, pero al mismo tiempo la única razón por la cual valdría presidir, así la tarea del presidente “consistía en ocuparse de todo y no dar la puntada final a nada,” es el presidente “Quería ser Presidente como la gota de agua quiere ser mar” (125). 

Exceso. Notas sobre Balas de plata (2008) Elmer Mendoza

Entre el melodrama y la novela policial, Balas de plata (2008) de Elmer Mendoza cuenta la historia de unos “particulares” crímenes investigados por Edgar, el Zurdo, Mendieta en Culiacán, Sinaloa. El caso investigado por el Zurdo Mendieta es la muerte del hijo de un político con serias aspiraciones a la presidencia de la república. Bruno Cañizales, el hijo del político presidenciable, un joven miembro de diversos grupos de la sociedad civil, amante intenso, hombre de pasiones, bisexual, y además detestado por su padre, fue encontrado muerto por una de sus amantes, Paola Rodríguez, que se suicidó horas después del suceso. Si bien en Cañizales se acumulan y enredan una cantidad de sospechosos, tramas alternas, afectados y enigmas, lo más particular del asesinato, según las pesquisas de Mendieta, es la bala de plata que perforara sus sienes y el aroma penetrante en la habitación del muerto, un perfume afrodisiaco. 

“¿Quién puede matar a alguien que todos quieren?” (154), se pregunta Mendieta sobre la muerte de Cañizales. Bruno vivía en el paroxismo, “detestaba la vida ecuánime y prefería las emociones fuertes” (20). Como un junior, Bruno vivía en los excesos decadentes y lúcidos de las clases pudientes. De día era uno y de noche otro. Casi como un vampiro, Bruno por las noches se rodeaba de artistas y narcos, se encontraba con sus amantes y se vestía de mujer. “¿Qué estupidez es ésa de balas de plata? El muchacho era vampiro o qué” (33). Desde que Mendieta señala su extrañeza ante las exóticas balas, las interpretaciones no dejan de surgir al respecto de estos objetos. Ya sea que las balas podrían “ser un indicador del nivel social del asesino” (36), o podrían ser el objeto que permita achacar el crimen a los narcos asentados en Culiacán, y dominadores de todo el país, pues ellos “se ponen dientes de diamante y lucen esas joyas tan estrambóticas, ¿por qué no usarían balas de plata?” (44), las balas de plata van cargadas siempre de un exceso. 

Una de las maneras en que Karl Marx definió al capital, trabajo muerto, es como un vampiro que vive sólo de chupar trabajo vivo. Desde esta perspectiva, las clases acomodadas, la burguesía, son vampiros que succionan el trabajo vivo de quienes viven condenados a entregarles libremente sus horas y días. Bruno Cañizales sería, así, un vampiro que recibió su merecido. No obstante, Cañizales no es el único que muere por balas de plata. Desde un perro, hasta un chico de una bicicleta, las balas de plata y su lujosa y macabra muerte se distribuyen por toda la novela. Al final de la historia, cuando el asesinato de Cañizales se descubre como la perversión de un director de cine y su esposa, Goga Fox, también amante de Mendieta, las balas de plata carecen ya de su lujo.

El exceso y el lujo van de la mano en Balas de plata. De hecho, los tantos encobijados que aparecen a lo largo del relato son prueba, no de una manera lujosa de matar, pero sí de un exceso de muerte. Si las balas de plata sirven, en las historias de vampiros, para saber qué es aquello que se mata, la forma en que el narco produce muerte no tienen semiótica, no se puede reconstruir su significado. Sobre el primer muerto que encuentra Mendieta, antes de ser comisionado al caso de Cañizales, se dice que “No necesitamos su nombre para saber a qué se dedicaba. No sólo lo han castrado, también le cortaron la lengua, aclaró Gris, no hemos localizado casquillos. Es igual, cualquier asunto con narcos de por medio ya ha sido resuelto” (13). El narco es una hermenéutica absoluta, y como se ve al final de la novela, horizonte final de venganza. Cualquiera puede ser asesinado con balas de plata, de la misma manera que a cualquiera pueden tocarle los estragos del narco.  

Saberse personaje y no actuar, estar en la historia sin necesidad de ser. Notas sobre Museo de la Novela de la Eterna (1967/1995) de Macedonio Fernández

No habría, tal vez, razones suficientes para decir que Museo de la Novela de la Eterna (1967/1995) de Macedonio Fernández sea una novela. Sin embargo, como en repetidas ocasiones la prosa del texto lo recuerda, se trata de una novela. Así, la novela está precedida por 3 notas, 56 prólogos y precedida por 3 epílogos, que también pudieran ser prólogos. Si el prólogo, como cualquier otro paratexto, es siempre un umbral, entonces, esta novela es una novela de umbrales, un pasaje muy cercano a eso que el título sugiere, la eternidad de un momento presente saturado.

Los temas de los prólogos son variados. A veces se adelanta el relato de la novela. Otras veces se discuten las ideas estéticas del “autor,” que es a la vez personaje del relato. En suma, el texto se presenta como una acumulación de páginas que se desordenan y ordenan, que van de un lado a otro. Como se afirma en uno de los prólogos, esta forma de contar una novela es novedosa porque trata sobre la perfección de la solemnidad del hacer novelas y el hacer de las novelas. “Este será un libro de eminente fargollo, es decir de la máxima descortesía en que puede incurrirse con un lector” (140). El fargollo, como un hacer sin orden, pero a la vez un hacer que “arrastra consigo infatigables remiendos de revisación,” (140) es una búsqueda de perfección. La novela, si se quiere, es un trabajo de vanguardista en la medida que busca la perfección estética. Al mismo tiempo, dados los prólogos que preceden, “el movimiento de la novela,” su inicio, el texto difiere su perfección. Esto, al menos como el autor dice, o una voz narrativa en el prólogo “Andado,” vuelve al texto una novela de imposibilidad, que “es el criterio para clasificar algo como artístico sin complicación de Historia, ni Fisiología” (146). 

La imposibilidad en Museo es ambivalente. Parece más bien que, antes que una novela de imposibilidad, se trata de una novela de aporía. Esto es, el texto construye y deconstruye los elementos que forman tradicionalmente una novela. “La novela” exhibe sus propias posibilidades e imposibilidades. Por este proceso pasan personajes, tiempos, lugares, el mismo lenguaje que se usa en el texto, el autor, el lector, la forma en que se lee, la forma en que se escribe (estilo), el acto de leer y el acto de escritura. La Eterna, por ejemplo, es un personaje, “el único no-existente personaje, funciona por contraste como vitalizador de los demás” (149). De tal forma, la novela, no es sólo un experimento, sino también un texto que propone una estética no realista del acto de narrar. Si el realismo propone dibujar seres cargados de vida, que al final no existen, la propuesta de Macedonio Fernández consistiría en dejar al lector esperando la vida. Esto se ve con mayor detalle en la sección de Museo que se identifica como novela. Si bien, afirmar que hay un relato contado de forma tradicional en Museo es arriesgado, como una aporía, la novela exhibe su propia posibilidad e imposibilidad de armar un relato. O mejor, habría que decir que hay relato, pero no eso que vuelve realista al relato, como el personaje de la Eterna, hay algo en Museo que vitaliza al relato sin ser este elemento vitalizador del relato. 

La novela, cuyo final ya se anuncia en los prólogos (“queda indescripto el Final de la novela medioescrita por la dispersión resuelta” [216]) cuenta la historia de al menos doce tipos de personajes (desde “Personajes efectivos: Eterna, Presidente” hasta “Personajes desechados ab initio: Pedro Corto y Nicolasa Moreno) que habitan una casa a las afueras de Buenos Aires. Todos los personajes viven a la espera de la Eterna, o más bien, a la espera de que el autor escriba la Eterna. El problema es que esta escritura siempre se difiere. Las intervenciones de los personajes aparecen acotadas, es decir, se indica quién dice qué y a quién se dirige, aunque hay veces que las acotaciones no aparecen. Otras veces, personajes como el Presidente intervienen completamente por todo un capítulo. El actuar de todos los personajes es un ir y venir a la casa, salir y entrar de y a escena, pero la presencia más fuerte es la de la Eterna, que paradójicamente nunca actúa, ni aparece. 

Todos los personajes de Museo saben que su “existencia” no es real, que vivir los sacaría de la novela, pero algunos no por ello desprecian la idea de vivir. Quizagenio y Buena-Persona, personajes que intercambian comentarios sobre su no existencia, su deseo de permanencer en la novela, pero también su anhelo de vida, leen también sobre otros personajes, propios a Museo y de otros textos. Quizagenio y Buena-Persona son también, de una manera, los que resumen y en quienes resuenan las decisiones del autor y el Presidente, el personaje que se desvive por la aparición de la Eterna, que le escribe largas cartas y poemas, que vive de la contemplación metafísica. Justamente, cuando, el Presidente está por abandonar la casa para siempre, y por ende, la novela, porque ya no aguanta la postergación de la aparición de la Eterna, Quizagenio comenta: “Lo que necesitáis no es tener vida; lo que falta es saber si la Eterna la quiere. Hasta ahora no hemos pensado esto. Sólo el presidente podría decirlo. Que lo diga. ¿La eterna quiere la vida?” (410). Este punto de crisis en la novela se debe a que la Eterna es aquello que presupone pero también excede a la novela misma, a la escritura y, por extensión, a los personajes. La Eterna no es un personaje, pero los otros personajes la esperan. El problema es que de llegar, la Eterna se volvería personaje y, así, dejaría de ser la Eterna. Ante la pregunta de Quizagenio, el Presidente calla, pero hay otra respuesta. Aparece en el texto algo que sería una respuesta de un vacío, o sólo de la página que se lee: “Querría vida si alguien que anda por el mundo valiera lo que vale el amor de ella. Pero así no sucede y antes bien su único motivo de contento es saberse personaje” (410). La eterna se descubre así como un alguien que se sabe personaje, pero no actúa, quiere la vida, pero no el ser y aún así está en la historia. Esta ambivalente condición de la Eterna vuelve a Museo no sólo una obra abierta, por el hecho de postergar siempre la perfección buscada, sino que también el texto de Macedonio Fernández aparece como un texto de fuga, de escape hacia aquello que se sabe, quiere sin ser y persiste en su estar. El museo inaugurado por Fernández no es el de la posmodernidad, sino el de lo infraexistente, intrascendente, y siempre insistente. 

Males que duran mil años: determinismo y acumulación originaria. Notas sobre Juan Justino Judicial (1996) de Gerardo Cornejo M

Como anuncia la portada y contraportada de Juan Justino Judicial (1996) el texto está escrito a manera de corrido y novela. A esto se suma, según dice la contraportada, que la historia de Juan Justino Altata Sagrario “está narrada por tres voces imbricadas que se alternan y complementan” (s/p). De ahí, pues, que la mayoría de los capítulos impares estén narrados en un tono “impersonal,” que la contraportada identifica como la voz colectiva, la voz del corrido; los capítulos pares sean, en su mayoría, narrados por Juan Justino; y una voz narrativa, a manera de un narrador en segunda persona, intervenga en varios capítulos del texto, como si esta voz fuera, según la contraportada, el primer muerto de Justino Altata, su conciencia. Juan Justino Judicial es una obra donde diversas voces confluyen, sin embargo esa confluencia no cambia el monótono determinismo del relato. En otras palabras, este es un texto en el que muchas voces narrativas convergen, pero los cambios radicales dentro del mismo relato son mínimos. Se cuenta de muchas formas un determinismo melodramático ya sabido de antemano. 

Juan Justino Altata fracasa en componer su vida, como también fracasa en recomponer su corrido. El relato, contado a manera de novela picaresca, narra la vida de Juan Justino Altata, un campesino de la sierra del noroeste de México. La vida de Altata está sujeta a una doble marginalidad, pues, además de pobre, todo el mundo, en especial otros hombres, se burla de él, ya que “le falta la mitad de la varonía” (8). Expuesto, pues, al acoso y a la miseria, Justino va guardando odio y rencor contra sus semejantes. Años después, luego de probar suerte por toda la costa del Pacífico norte en México y de intentar cruzar al otro lado, Justino y otros peones roban al ingeniero de la plantación donde trabajan, pues el robo era “su oportunidad para salir de una vida que él no había escogido” (76). El problema es que luego del efervescente éxito, Justino es capturado por la policía judicial y luego convertido en miembro de la “corpo,” como él mismo llama al grupo policial. De ahí, Justino Altata deja de ser quien era y se convierte en el teniente Rodrigo Rodarte. Si el robo al ingeniero se le presentó a Justino como la posibilidad de mejorar su vida, pero cayó preso, ahora su incorporación a las fuerzas policiales parece abrir la posibilidad de finalmente mejorar. El problema es que no lo logra. 

Ya sea que se le conozca por su nombre de pila, Justino, por su nombre de judicial, o por su apodo, teniente Castro, debido a un cruel método de tortura que practica a sus detenidos (castrar y colgar de los genitales a sus víctimas), Justino Altata se hace de renombre y fama. Esa urgencia que tenía de “ser alguien” (63), se trastorna cuando Justino se da cuenta de que su fama se la debe a un corrido y este va contando eventos que él quisiera cambiar. “Así lo que yo cuento, uste recompone, porque quiero que vaya poco a poco poniendo de moda el nuevo corrido hasta que borre de la memoria de toda esa zarandaja que se anda contando por ái” (23). Como cada cambio que Justino da para mejorar su vida, la corrección del corrido, que es también la narración del texto, pareciera ser la última capa de cambio, el punto de cúspide que pudiera asegurar un cambio radical en la vida de Justino Altata. Sin embargo, recomponer un corrido es como recomponer una vida, un acto casi imposible. Mientras que la autoría del corrido subyace en una masa que no necesariamente busca la cristalización de una sola versión de la canción, una vida no subyace en las condiciones que le son propias: la vida del individuo descansa en las condiciones que lo presuponen y también en la manera habitual en que reacciona ante las cosas. Como Justino no mejora su vida, tampoco el corrido recompuesto le hace justicia, antes bien, esta nueva canción reprende las decisiones de Altata: “si uno nace incompleto/ hay que darse por sevido” (150). 

El origen de la familia de Justino no aparece sino hasta muy tarde en el relato. Sólo entonces se descubre que su estirpe es la de los últimos “Altata de los alzados” (133), de los últimos grupos indígenas que se alzaron en tiempos coloniales en la región norte del país. Este grupo, que resistió hasta el final, fue maldecido por un sacerdote español, y así, por cinco generaciones los descendientes de los Altatas procrearían varones como Justino, incompletos de su varonía, pero también, tal vez, condenados a repetir un proceso de acumulación originaria, a vivir “con la pura mitad de las potencias” (9), como diría el padre de Justino. La acumulación originaria es el proceso descrito por Karl Marx como presuposición general a la acumulación capitalista. Los orígenes del capitalismo, Marx afirma, son todo menos idílicos, son momentos como los que vive la familia de Marcial Campero (41), el amigo jornalero de Justino, tiempos en que a base de desposesiones de tierra, asesinatos, robo y legislaciones sanguinarias, la burguesía nace y el estado refuerza su condición de “dominador,” tiempos en que “multitudes son de repente y a la fuerza separadas de sus medios de subsistencia, luego son forzadas a formar parte del mercado laboral como aves sin nido [vogelfrei en el original]” (Capital Vol I. 876). Con esto, Juan Justino Judicial sugeriría que la larga maldición que el proceso de acumulación originaria trajo a los Altata llegaría a su fin con Justino. Aquejado por un cáncer y de regreso a su pueblo natal, Justino muere en un delirio permanente, “sus arranques de palabras entrecortadas parecían confundirse ya con las otras que le venían de otra parte” (148). La voz narrativa enunciada en segunda persona se reúne por fin con Justino y le recuerda lo vano de su empresa, “tratando de componer un pasado que no podía modificarse un pasado que era tu vida misma porque desde entonces estabas condenado por tu primera muerte” (149). El problema es que esa primera muerte no era sólo de Justino, sino también la de todos sus antepasados. Para cuando Justino termina la maldición colonial, al ser parte de la quinta generación de Altatas, otra maldición comienza. Si a Justino Altata, como castigo, “Dios lo volvió judicial” (150), el nuevo castigo divino, como el que sufre Marcial Campero, parece una maldición inacabable, pues una vez vuelto narco ni él ni su familia se salvan. 

Notes on “The Grundrisse” (1939/1993) by Karl Marx (7)

Notebook 7 and endnotes

“Capital absorbs labour into itself as though its body were by love possessed” (704). So says Karl Marx as he continues his reflections on the way capitalism runs. The original phrase in German says that capitalism absorbs labour “als hätte es Lieb im Leibe,” which is a quotation from Goethe’s Faust. The translation modifies some nuances of the original. That is, als hätte es Lieb im Leibe suggests that capital has a body, or it behaves as a body. While the nuance between original and translation certainly deserves a closer look, both fragments stress the fact that something that both exceeds and presupposes capitalism is moving it. To explain this something that is always escaping, this scurrilous thing, Marx relies on the figure of contradiction. For him capitalism, and society, can only be explained by contradictions. The mechanism of this contradiction in capitalism consists on pressing “to reduce labour time to a minimum, while it posits labour time, and the other side, as sole measure and source of wealth” (706). That means that something rather unknown happens in the process of extracting wealth out of the exploitation and domination of workers.

Throughout the Grundrisse Marx works on different ways to explain how production becomes reproduction as, perhaps, one of the main mechanisms that capitalism has at its sway. The relationship between production and reproduction consists in presupposing that capitalism must always circle and repeat its processes. No wonder why most of the examples used by Marx are those of the agricultural industry. If a harvest can be manipulated and controlled via the domination of workers by forcing them to sell their labour force, then, agriculture shows itself to be the industry par excellence of capitalism. In contrast to agriculture, mining is conceived by Marx as an industry that lacks the possibility to be understood via the idea of reproduction. “Extractive industry (mining the most important) is likewise and industry sui generis, because no reproduction process whatever takes place in it, at least not one under our control or known to us” (726). Extraction is, then, a mechanism that is always precapitalist but also integral to it because it means of creating wealth do not lie on reproduction’s realm. The fact that we cannot fully known what happens with a mine, that the earth and its minerals cannot be fully controlled, resonates with the way capitalism absorbs labour, “as though its body were by love possessed” (704), as if an unknown force were igniting production. 

It seems, at least from the last Notebook and the end notes (“On Value” and “Bastiat and Carey”) that there is not really a true certainty on how capitalism works, or what really moves it. At best, as perhaps in other works of Marx, we can see the effects of capitalism, but never it “truly” origin, or motivation. Notebook 7 offers a particular image of capital, as a circle and “by describing its circle it expands itself as the subject of the circle and thus describes a self-expanding circle, a spiral” (746). This image carries a certain degree of determinism and also ties life to capital. If capitalism is directly tied to grow, or life, then, there is something faustic, (as the quote mentioned above from Goethe suggests), about this mode of production, since everything in life is but a process of grow and eventual vanishment, of crack-up. Capital promises a never-ending grow. The problem is that this promise is but a fiction. But why would we chose to believe it? 

¿Cuál es cuál? Un texto para después: Narco y producción textual. Notas sobre Contrabando (1991/2008) de Víctor Hugo Rascón Banda

Contrabando (1991/2008), de Víctor Hugo Rascón Banda, bien pudiera ser catalogado bajo lo que Nicolas Bourriaud llama textos de postproducción. Esto es, textos que no necesariamente buscan “superar” las técnicas ya usadas por sus predecesores, sino hacer uso de “todo aquello que se ha apilado en el almacén de la historia para hacer realidad y presente” (Postproduction 17). La observación de Bourriaud parte del supuesto de que hoy en día los artistas programan (o modulan) más que componer materiales de arte. Con esto, aunque Bourriaud no lo vea así, la posición de aquellos que alguna vez tuvieron el “dominio” de las formas artísticas cambia. En el campo literario, el escritor deja por completo atrás la figura del “hombre de letras” y ahora no es más, tal vez, que un copista, un agente responsable de lo que su escritura modula, pero desempoderado ante la oportunidad de transferirle a su escritura un rol trascedente y de primer orden en el entramado social e histórico de la vida diaria. Justo esta posición es la que el narrador de Contrabando dibuja para sí y su entorno. 

Luego de que Antonio Aguilar, “el último charro cantor,” le encomiende a un ficticio Víctor Hugo Rascón Banda la escritura de un guion cinematográfico, el escritor emprende un viaje del Distrito Federal, hoy Ciudad de México, hasta Santa Rosa, Chihuahua, su pueblo natal, para inspirarse y poder así escribir la historia que el ídolo de la canción popular le solicita. “Usted es de un pueblo serrano del norte y debe saber cómo siente la gente del campo, cómo quiere de verdad y cómo es capaz de morir por un amor. Quiero una película como aquellas que hacía el Indio Fernández” (pos. 38.1), le dice Antonio Aguilar a Rascón Banda. La tarea de escribir el guion, desde esta perspectiva, es vista como la transcripción del sentir “popular” en la producción cinematográfica del México de finales de los años noventa. Contrabando puede ser visto, así, como un texto que cuenta las peripecias que derivan de la encomienda de Antonio Aguilar. El texto se dejaría ver una suerte de bitácora sobre un proyecto de escritura. No obstante, las páginas de Contrabando son más y menos que una bitácora. Si el proyecto original consiste en escribir el proceso mismo de la escritura, el texto traiciona esta motivación. De hecho, por su propia forma el texto elude una clasificación tajante dentro de algún género literario. Las páginas de Contrabando son más una pila de artificios, una acumulación que ratifica y resume todo lo que la producción escrita en buena parte del siglo XX en México ha hecho para dar cabida a los espacios que comúnmente representan al país, y también a la literatura misma. En otras palabras, las representaciones de la época de oro del cine mexicano, como las que popularizara Emilio el Indio Fernández, han llegado a su punto de extenuación. O esto, al menos, es lo que sugiere el narrador cuando desde su llegada al aeropuerto de Chihuahua se encuentra con una atmósfera intervenida por una presencia ominosa. El narcotráfico, o contrabando, se deja ver en cualquier tipo de situación, pero siempre con el mismo resultado: muertes, terror, miedo y sentimientos encontrados entre la imposibilidad de hacer justicia y la indignación de no poder hacer nada al respecto. 

El problema del narcotráfico retratado en Contrabando no es, necesariamente, que la violencia inunde hasta las realidades más “pacíficas.” Antes bien, la violencia subyace en el nivel local y fluye entre lo que entonces, en 1991, el año en que Contrabando recibió el premio de novela Juan Rulfo, era un país y un mundo que se desentendía de estos conflictos. El mundo no sabe de estos conflictos, o más bien, vive como si no supiera. Faltaría conocer esta realidad, como sugiere Damiana Caraveo, una de las tantas sobrevivientes que el narrador se encuentra en su viaje, “para que el mundo lo sepa” (15.9). Por otra parte, no es que no haya visibilidad de estos conflictos, sino que las versiones son muchas, variadas y corruptas. Sobre la masacre de Yepachi, la masacre a la que Damiana Caraveo sobrevivió, la prensa escribe “Enfrentamiento entre narcos y la Policía Federal. Masacre en el Rancho de Yepachi […] Judiciales federales contra Judiciales del Estado: ganaron los federales” (pos. 32.6). Las versiones oficiales polarizan y a la vez nublan la distinción entre aquello que es difícil de separar. Es decir, mientras que la nota sobre la masacre de Yepachi anuncia primero un enfrentamiento entre los enemigos del estado (los narcos) y las fuerzas del estado (la policía federal), luego anuncia que el conflicto sucede dentro del mismo estado (entre policías federal y estatal). Con esto, el contrabando y su violencia evidencian la imposibilidad de distinguir, diferenciar y separar. Más aún, ya sea en la masacre de Yepachi, o en otros de los enfrentamientos narrados, los conflictos demarcan el desgaste y extenuación del sentido de la guerra. No se trata de una guerra civil, ni tampoco de una guerra partisana, pues no se puede diferenciar entre amigos ni enemigos, siempre es ambiguo quién está fuera o dentro del nomos, del estado. No extraña entonces que muchas veces en el texto se enfatice la imposibilidad de distinguir entre narco y policía, o que “judiciales y narcos no distinguen” (pos. 71.0) entre los que asesinan. En últimas, en Santa Rosa “no se distinguen ni el bien ni el mal” (pos. 41.6), “no se sabe quién es quién” (pos. 353), y todo lo que alguna vez fue sagrado es profano, y aquellos hábitos que parecían tan sólidos se vuelven espuma. 

El hecho de que no se pueda distinguir entre narco y federal está directamente relacionado a la forma misma del texto. Si el narco termina donde inicia el estado, y el estado inicia donde termina el narco, ambos están en una banda de Moebious. No sorprende así que el último sintagma de una sección del texto sea siempre el título del siguiente apartado. Este recurso es llevado hasta las últimas consecuencias cuando al final de la novela se comprueba que la última palabra del libro es también la que le da título a la obra. A su vez, la imposibilidad de distinción evoca directamente aquello que hace el contrabando: integrar lo que no está autorizado (legal) dentro del orden común de las cosas, en el mercado y la producción social. Una mercancía de contrabando es igual a una mercancía legal, su mínima diferencia está en la sanción dada por las autoridades (el estado). Contrabandear es introducir un ciclo de producción ajeno al propio sin recibir una sanción oficial, es volver cotidiano lo que no lo es. El contrabando informa de la presencia de lo propio y de lo interno al introducir lo mismo desde lo ajeno y lo externo. Esto es, por el contrabando uno se entera de aquello que está afuera, pero que, paradójicamente, también sucede adentro. 

No se trata de que Contrabando tense las relaciones entre realidad y ficción, sino que la novela deja ver como la mayoría de los textos semióticos (contradicciones) que articularon buena parte de la modernidad han llegado a develarse como simples pliegues sobre una misma superficie. Ahora bien, ya sea por la imposibilidad de catalogar la obra dentro de un género, o la imposibilidad de distinguir entre narco y federal en la narración, el texto da cuenta de un mecanismo narrativo que apila y concentra una breve historia del cambio radical que el contrabando trae para finales de siglo XX. Esto es, Contrabando es un resumen desordenado de diversas formas de producción, ya sean económicas (se menciona la industria minera, el campo, el acaparamiento de tierras, la ganadería) o intelectuales (a la par que se escribe Contrabando se escribe una obra de teatro y un guion cinematográfico, también abundan las notas periodísticas, las canciones y hasta grabaciones transcritas en el texto). “Esto es como un barril sin fondo, como una mina que se traga el dinero” (pos. 68), le dice su padre al narrador para entender el secuestro del presidente municipal de Santa Rosa. Como una mina también es el propio proceso de escritura del guion cinematográfico, pues el narrador está convencido de que “los muertos del aeropuerto y la masacre de Yepachi no pueden ser una película de canciones, pero de Santa Rosa surgirá la historia” (pos. 40.4). Así, el viaje a Santa Rosa es un viaje extractivo. El guion, incluso, se escribe a sabiendas de que “los personajes tendrán el mismo final que tuvieron en Santa Rosa, para no cambiar la realidad, que sobrepasa en acción dramática a cualquier ficción” (pos. 301). El narrador, entonces, escribe a partir de que copia la “realidad.” Copiar es, así, una forma de extraer. 

Que el narco reavive a la vez que destruye viejas formas de producción, viejas tradiciones, sugiere que los cambios sociales presentes en Contrabando se pueden leer como un proceso más de acumulación primitiva (u originaria). Igualmente, a la par que unos son desposeídos y otros comienzan a acumular riqueza, la producción queda supeditada a extracción y no reproducción. Ya sea porque Santa Rosa antes fuera centro minero y ahora sea “el centro del narcotráfico serrano” (pos. 193.9), la producción por extracción parece ser la única forma de articulación social. La extracción es una forma sui generis de producción, como afirma Karl Marx, “porque ningún proceso de reproducción sucede, o al menos ninguno que esté cabalmente bajo nuestro control o sepamos a ciencia cierta cómo funciona” (Grundrisse 726). Si la reproducción es la forma de producción que permite la duplicación de un ciclo de trabajo, entonces, dada la imposibilidad de representar al estado como un agente que domina la violencia, y por extensión, el trabajo, en Contrabando no hay reproducción sino mera extracción, un proceso que produce, pero cuyos mecanismos se nos escapan. Como a ciencia cierta no sabemos aún qué hace provechoso a las minas, ya sea porque al extraer todo un yacimiento se implica, muchas veces, la destrucción total del ecosistema, o porque simplemente, a veces, las minas se secan, de la misma manera, Contrabando se escribe, se produce, a partir de un mecanismo que no sabemos cómo funciona a ciencia cierta, se escribe desde lo que nos escapa, lo que nos presupone, pero también nos excede.

La propuesta literaria de Contrabando consiste en proponer un texto para después. Es decir, la obra de Rascón Banda apuesta por pensar una diferencia luego de un proceso de extenuantes repeticiones que esquilman formas de expresión tradicionales en el ámbito literario. La forma novela, por ejemplo, parece insuficiente para encasillar al texto, pues aunque hay elementos propios del género, como el dialogismo, la polifonía y el uso de cronotopos, también el texto excede las funciones canónicas de la novela, pues los personajes no se desarrollan y sus apariciones son dispersas y contingentes. Consecuentemente, Contrabando invita a pensar una forma otra de escribir, de hacer literatura, e incluso una invitación hacia la posibilidad de una política otra, una infrapolítica, tal vez. Al menos respecto a la literatura, la propuesta de Rascón Banda consistiría en ubicar lo literario en el contrabando que se escapa a la tarea de escribir, al deber escribir, como se evidencia al final del texto. Luego de que el narrador prometa “quemar todo lo que [escribió] en Santa Rosa” (pos. 356), que el guion cinematográfico sea rechazado porque éste es una traición al pueblo y una ofensa a “estos amigos, que van a ver [a Antonio Aguilar] a los palenques o […] espectáculos en ferias y rodeos” (pos. 356), y que la obra de teatro del narrador, Guerrero Negro, parezca tener un futuro prometedor en los círculos literarios del Distrito Federal, el narrador se dibuja a sí mismo escribiendo, exhibe como su proceso de escritura queda a solas frente a su deber y su deseo.

Para olvidarme de Santa Rosa y darle la vuelta a estas páginas de contrabando y traición, sólo me falta pasar a máquina la letra de los corridos que estoy oyendo, porque para el montaje de Guerrero Negro se necesitan, me dijo el director, cuando menos veintiún corridos de contrabando (pos. 358).

Por contrabando y traición, entonces, Contrabando es escrito. Esto es, hay una correspondencia entre los 23 apartados del texto de Rascón Banda y las 21 transcripciones de corridos que el narrador necesita para el montaje de su obra. Los otros dos apartados que no corresponden con las transcripciones son, respectivamente, la obra de teatro Guerrero Negro, y el guion cinematográfico, pues ambos también forman parte del texto. Contrabando, como entramado textual, exhibe su propia producción basada en un acto perpetuo de copia (extracción). Con todo esto, el texto mismo que leemos sería un apartado número 24, un numeral a manera de plusvalor, aunque quizá esta palabra sea deficiente para describirlo. El valor extra que Contrabando aporta está por encima y por debajo de la producción textual, como un número siempre en exponencial n, o un fantasma que a veces regresa, a veces se va, pero siempre persiste para un después. 

Notes on “The Grundrisse” (1939/1993) by Karl Marx (6)

Notebook 6

Notebook 6, as the entirety of the Grundrisse, seeks to describe what moves capital. The challenge of describing this movement is that capital has no subject, capital is better understood without subjects. Or at least this is what the first pages of Notebook 6 suggest. Early in the Notebook, Marx comments on different approaches to what machines do in the capitalist cycle. For instance, Marx quotes a fragment from the work of Thomas De Quincey. For the latter, “a machine as soon as its secret is known, will not sell for the labour produced, but for the labour producing… it will no longer be viewed as a cause equal to certain effects, but as an effect certainly reproducible by a known cause at a known cost” (559). While Marx does not refute this observation, it is ratter suggested that a machine, per se, can be a worker too. That is, since the price of the commodity is equal to the quantity of living labour, then, a machine is not only a non-human device, but the assemblage between worker and tool, and the other way around. 

Machines are everywhere in capitalist production. One can argue that precisely the machine presupposes capitalism. No wonder why most of the landscapes of urban centers in Europe and elsewhere display machines at their center. Whatever is common is transformed by the machine, thus “in order to take over these works [what is common to the workers], capital does not create but rather takes over the accumulation and concentration of workers” (586 emphasis added). A machine, then, takes over what workers accumulate. Capitalist accumulation, from this perspective, is to take control, to establish domination on the things that workers accumulate. The machine does not accumulate, it takes over that accumulation. The concept of accumulation and concentration are, then, for Marx, are both “contained in the concept of capital —the concentration of many living labour capacities for one purpose” (590). Concentration, then, only exists for capital as living labour that accumulates for one single purpose. From this accumulation, as a presupposition to capitalist accumulation, does not have a single purpose, and is not something that necessarily is work oriented. 

To work is something ambivalent. It both cancels potentials, but also perpetuates the chance to elude this capture. Since every person that “arrives to maturity […] may be viewed as a machine which it has cost 20 years of assiduous attention and the expenditure of considerable capital to construct” (615), then, one works not only to increase the income of the capitalist, but to preserve the social that nurtured us. A worker is a machine, or better, a body in a perpetuate becoming. As the worker is crisscrossed by this ambivalent becoming, so capital is too determined by a need to double all the time its process of production. Once in movement, capital, must present itself as consumable product, raw material and instrument of labour, it “posits itself ahead of itself in its various form” (675). Capital, then, is moved by a force that not only sucks its live out of labour and the worker’s accumulation, but by a machine that squeezes the present. This machine has a two sided mechanism, it must recover and control all that was previous to the present state of capitalist accumulation while also promising the endurance, improvement and grow of that which was controlled. 

Notes on “The Grundrisse” (1939/1993) by Karl Marx (5)

Notebook 5

One of the main topics discussed in the Notebook 5 of the Grundrisse is the passage of transformation from the commune to the city. While the commune is, in a too simplified sense, a free gathering together, the city is a mandated and ruled gathering. While the commune “appears as a coming together, not as a being together, as a unification made up of independent subjects, landed proprietors, and not as a unity” (483), the city is the place of the sovereign, the walled community that hosts at its center the one who rules. While the distinction between state and stateless societies is important, Marx does not develop this in depth. For Marx land independence, or land appropriation and its usage, presupposes sovereignty and the figure of the sovereign. Something presupposes the nomos of the earth, so to speak. The commune escapes division, since “the land which cannot be divided if it is to serve as means of production in this specific form” (483).

To relate to the land without the necessity of a nomos, or a sovereign, Marx proposes that the individual proprietors refuse union. The fact that since the appropriation of the earth means the appropriation of the “natural conditions of labour […] as well as its workshop and repository of raw materials” (485), signals that the way we immediately relate to the earth presupposes a “relation of the earth […] always mediated through the occupation of the land and soil peacefully or violently, by the tribe, the commune in some more or less naturally arisen or already historically developed form” (485). This means that the first struggle of humankind is the strive for affirming live with and within a territory, a form of living that does not consider private property or private forms of working, but positive and affirmative gestures of existence and coexistence. While all this picture is idyllic, or utopian, the form of relationship that Marx is proposing to understand the organization of the commune signals a threshold where utopianism reaches its limit. Since no individual has any existence or life outside of the commune, because those who live in commune do not exist “for [themselves] except in the assembly of the commune members, their coming-together for common purposes” (486), then, the commune eludes the nomos, the state and its oppression, but it erases, in a way, individuality, difference. At the same time, the assembly of the commons, their coming-together, or movement towards each-other, announces the possibility of a commonality, of a commune, with individuals and groups, a pack a formation like the one of the nomads, for whom “what is in fact-appropriated and reproduced here is not the earth but the herd; but the earth is always used communally at each halting place” (491). The commune, then, is the project without plan that seeks social reproduction in an apotropaic way: eating what kills and haunts, while persisting and affirming existence. 

The task in the times of Marx and today is to work and create the commons. The commons are the necessary presupposition of labour, of the land, for humankind to exist. At the same time, the commons are what humankind is yet to become, a plastic moment that is habitual. There is something magical about “appropriation,” of encountering oneself with an instrument, a tool, a body, something, that is so different and yet so keen with one strives for affirming oneself. While in the bourgeois world the worker sees the realization of their social existence by the way their skill is expressed by the production line, in the commune, skill has no name, but has still a presence. The skill is “what posits [the worker] as the owner of the instrument” (499), if we are all posited in front of our “instruments” as owners, then, “appropriation” has found a way to let something from its magic to flee capitalist territorialization. To be in front of big projects in a capitalist society reaffirms our oppression but also our chance for building the commons. Marx mentions that, when dealing with the construction of highways, for instance, capitalism faces a point of exhaustion, because building a highway escape what capitalism can do, it even exceeds what the state is able to do. Building for the multitude is always “a necessary use value for the commune, because the commune requires it at any price” (526). In a capitalist society surplus time and value to build a road exist, there are the materials, and costs, but without the “concentration” of the masses, the project dies. Concentration is defined by Marx as “always the addition of the part of labour capacity which each individual can employ on road building, apart from his particular work; but it is not only addition” (528 emphasis added). Concentration is an addition that is not only addition of labour. This addition is something that is heaping up in the way the workers present themselves in front of the project. Addition is a concentration of bodies, an assemblage, the surplus of the commons. While, of course, a road, or perhaps any project that requires the presence of the masses, is always what capitalism demands, and not what the commons need, the desire of the masses stays still always subaltern to whatever domination expects from them. Capitalism will always speculate with its constructions as a way of realizing value, while “living labour creates value” (543) in unexpected ways.

Notes on “The Grundrisse” (1939/1993) by Karl Marx (4)

Notebook 4

“Notebook 4” of the Grundrisse is, perhaps, the one that focus the most on the way capitalist production relies in “transforming labour,” or the ways into which labour is transformed. At the same time, this notebook is also about what some critics have identified as the backbone of capitalism, the general equivalent. Continuing with the way surplus value is produced, Marx states that one of the main ways to approach this is via “developing the nature of surplus value as the equivalent of the absolute or relative labour time mobilized by capital above and beyond necessary labour time” (385). With this, then, surplus value must always be placed in one side of an axis of equivalence. The other side of this axis is meant to be occupied by absolute or relative labour time. With this, then, surplus value appears to be as a mere addition of labour (absolute or relative). The problem with this, is that by force of equivalence, surplus value can only be equal to surplus labour. Since capitalist production presupposes a specific use of machinery by the bourgeoisie, and this use implies “the saving of necessary labour and the creating of surplus labour” (389), then, new capital will always be equal to the old capital plus a fraction of it [the old capital]. Capitalism only works when surplus meets surplus, and consequently, the division of labour is never a necessary attribute that labour comes naturally with: labour suffers an imposition for its division and its eventual conversion into surplus labour. 

With not much surprise, as in the same Grundrisse it is already mentioned, wealth “is disposable time and nothing more” (397), since the time that can be completely thrown away is already producing surplus in all its forms, value, capital, and labour. At times, it seems that all the exercise and display of mathematical formulas is but trying to depict several forms of disguises, or mystifications, that capitalism requires. We see then that when it is written that “capital, as the positing surplus labour, is equally and in the same moment the positing and the not-positing of necessary labour; it exists only in so far as necessary labour both exists and does not exist” (401), this ambivalent existence of capital, that of being positing and not-positing, or existent and non-existent, is precisely what could be called a disguise, or a mystification. The very fact that capital exists only in the act of being placed in a position of ambivalence tells more about the fact that capital is always acting, performing a role in disguise as it is in the process of becoming something else. Capitalism, then, is a territorialization of becoming.

In “Notebook 4” there is also a topic later developed by Rosa Luxemburg, that of the limits of capitalism. Marx notes that there is a point after the different processes of circulation, production, and consumption have held sway in which capitalism becomes a barrier for itself, and “hence will drive towards its own suspension” (410). This suspension means that capitalism takes a step back only to eventually push forward its drive, to go “beyond [habitual] production” (413). The logic for Marx, then, is not that capital will wait for processes of crisis to expand, as Luxemburg will expand, but that capital in its highest points of development is when it “more appears as barrier to [its own] production —hence also to consumption— besides the other contradictions which make it appear as border some barrier to production and intercourse” (416). The logic is that capitalism, as with its axis of equivalences that only accepts in both sides different, but equalized, forms of surpluses, follows a drive for self-realization that demands “excess [that] it posits surplus labour, then, as the condition of the necessary, and surplus value as the limit of objectified labour, of value as such” (421). The only rule in town is to always demand an equivalence of excess. While it is emphatically mentioned that surplus value presupposes surplus labour, it happens otherwise when Marx explores the notion of “living labour.”

The realization of living labour is stated to be a process that “at the same time [realizes and then adds] the de-realization process of labour. It posits itself objectively, but it posits this, its objectivity, as its own not-being or as the being, of its not-being-of capital” (454). Consequently, it is not surplus value what presupposes surplus labour, and neither the other way around. What presupposes the exchanges and equivalences, the disguises, is living labour. When placed in front of capitalist production, living labour is territorialized (realized) and at the same time deterritorialized (de-realized). The process of deterritorialization of living labour is, by the same token, the process of becoming and of flight off capitalist production. Capitalism relies in something that is alien to it, something that is outside of it, something that carries the possibility of ending the never-ending spiral of accumulation or of repeating it. Living labour is a force of repetition, what haunts the production of surplus value, “the condition and presupposition of the becoming, of the arising, of capital presupposes precisely that it is not yet in being but merely in becoming” (459). Once capitalism has territorialized that becoming then the worker is negated from its products. But perhaps before it was different. 

As “Notebook 4” closes, Marx elaborates on different modes of production that did not require the disposition of the worker’s labour and its product to guarantee social existence. Perhaps this part is the one that most strongly influenced further explorations on what communism could be. At the same time, one might wonder if the exploration of these past commons (common land, labour, time, etc.) should not necessarily be the core of the search for the commons. That is, perhaps, the commons are already outside of the past, outside of history, repeating in many different ways, all the time always becoming. 

Notes on “The Grundrisse” (1939/1993) by Karl Marx (3)

Notebook 3

There is something in capitalism that not only relies on the way it affects and habituates the masses. While Marx famously stated that religion was the opium of the masses, capitalism, could also be said, relies on a psychotropic force. When describing how capitalists are directly affected by the time a worker consecrates to production, Marx notices that “the struggle for the ten hours bill […] proves that the capitalist likes nothing better than for him to squander his dosages of vital force as much as possible, without interruption” (294). The squander of dosages speaks volumes of the addictive relationship that capitalists have with the labour of workers. With not a lot of imagination one can picture capitalists as characters from The Wolf of Wall Street: bodies addicted to everything that excites them. In the Notebook 3, It is not the only time that Marx uses images that allude to addiction, or sickness. Marx compares labour “as the living source of virus” (296). Dosages and viruses are not necessarily contradictory in themselves. They are, in fact, tied by the idea of toxicity and addiction that both terms evoke. 

The body of the addict lives and breathes that which addiction dictates it. If the capitalists are like addicts and “labour is the yeast thrown into it, which starts fermenting” (298), the capitalists need the liveliness in order to satisfy their thirst, their craves. With this, then, the whole process of production is a process that relies on live above all. What does, then, capital do? That is, if normally we associate capitalism with death, dispossession and destruction, why is it that the mogul addicts that feed the machine need so much of live? And more importantly, how is it that even consumption “which terminates neither in a void, nor in the mere subjectification of the objective, but which is, rather, again posited as an object” (300-301) still has some of the live that capitalism transformed? Perhaps a point of departure for understanding this is the fact that “production for unproductive consumption is quite as productive as that for productive consumption; always assuming that it produces or reproduces capital” (306). If capital, as in Notebook 2, is considered as something intrinsic to the way the body extends its power and its plan on something, then, capital is something unavoidable, something that is produced and reproduced at any times. The question, not new at all, is why does capital imply capitalism as a system to be easier to observe? 

For capitalism, capital is something that must be preserved. Outside capitalism, if today we can possibly picture that, capital is something that sooner or later will stop working. That is, if capitalism acts as an addiction, capital is always a reactivation of withdrawal symptoms. As “the value of capital has preserved itself in the act of production, and [after it] now appears as a sum” (315), the addict too, after withdrawal sees the sum of further doses as the only target. Preservation at all costs is the slogan of capital in capitalism, like euphoria or dysphoria for the addict. Form this it is visible that for the sake of preserving oneself, the worker gives life to a system that extracts affect from it. Labour is moved, then, by a process of addition, while capitalism is moved by a process of addiction. Addition is that which labour do as living labour, as something that “adds a new amount of labour; however, it is not this quantitative addition which preserves the amount of already objectified labour, but rather its quality as living labour, the fact that it relates as labour to the use values in which the previous labour exists” (363). While labour adds, capitalism dosages that addition turning it into addiction. The distinction between these two, addition and addiction, is blurry, and perhaps today impossible to tell.