La inconclusa novela El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971) de José María Arguedas tiene quizá un elemento principal en su narración: la interrupción. Arguedas comienza sus diarios porque no puede escribir; la producción de la fábrica de harina de pescado atenta con interrumpirse por la lucha de los sindicalistas; la fiesta en el prostíbulo termina porque los policías interrumpen la fiesta. Más aún, formalmente, los diarios interrumpen la narración de la propia novela y muchos personajes para interactuar en la narración se interrumpen unos a otros. De ahí que, como colofón extremo y radical, Arguedas interrumpa su vida con un tiro de revolver.
“Yo no voy a sobrevivir al libro” (278) dice Arguedas en el epílogo de la novela. La situación, por otra parte, es que narrativamente el libro sobrevive a Arguedas y termina por atraparlo dentro de sí. Esto es, que las indicaciones de Arguedas luego de su suicidio no son un testamento, son las últimas consecuencias a las que puede llegar la experimentación narrativa. Sin romantizar el suicidio, el hecho de que Arguedas dejara por escrito qué hacer después de su muerte con su cadáver, cortejo funebre y rito con música y baile; novela inconclusa, publicación con todo lo escrito referente a ella; y contrataciones y pagos en la universidad, impacto político, social y familiar, ilustra que novelas como Rayuela (1963) de Julio Cortázar, a quien Arguedas interpela directamente en sus diarios son “artificios” superfluos.
Arguedas comenta sobre Cortázar: “sólo he leído cuentos. Me asustaron las instrucciones que pone para leer Rayuela” (23). El zorro de arriba y el zorro de abajo no interpela nunca al lector: nunca nos da instrucciones para nada. Si el artificio narrativo debe hacer algo es desafiar, luchar, tal vez, nunca ordenar o instruir, como en el caso de Cortázar, que tiene más de reaccionario que de contestatario. Al contrario, Arguedas no narra, sino que son los zorros los que narran una novela escrita en sintaxis y morfología complicada además de apostar por una complejidad en la estructura temporal del relato. El lector lucha con la forma, no con indicaciones de ésta. La rayuela, novela y juego, territorializan, atrapan nuestros movimientos y creatividad, pero el performance de Arguedas es macabro y devastador. Sólo queda esperar a que los zorros otra vez interrumpan. Mientras tanto, bien haríamos en romper “el diario” (rutina), pero sin éste, ¿cómo sabríamos que hubo en realidad una interrupción?

